Crónica de una prenda que comenzó con una tela inventada en 1879 y que usaron los soldados en la Primera Guerra
Un londinense abre el paraguas con la misma fe ritual con que otros encienden una vela: sabe que la ceremonia difícilmente altere el clima, pero la repite igual, generación tras generación, mien...
Un londinense abre el paraguas con la misma fe ritual con que otros encienden una vela: sabe que la ceremonia difícilmente altere el clima, pero la repite igual, generación tras generación, mientras el cielo hace lo que quiere. Antes del paraguas plegable, la humanidad ensayó capas de cera, mantos engomados, abrigos de caucho que pesaban como una armadura y olían a taller naval. El Mackintosh victoriano cubría del agua y sofocaba a quien lo llevaba puesto: impermeable, cierto, pero también rígido, asfixiante, un castigo textil disfrazado de solución. Entre proteger y respirar parecía existir, durante siglos, una frontera imposible de cruzar.
En 1879, un comerciante de telas de Hampshire decidió torcerle el brazo a esa frontera. Thomas Burberry venía observando a granjeros y jinetes forcejear con esas capas pesadas y decidió intentar otra vía: en lugar de cubrir la tela con caucho, impregnó las fibras de algodón egipcio con lanolina antes de tejerlas en un ligamento diagonal y apretado. El resultado se llamó gabardina, tomando el viejo nombre de las prendas protectoras de los trabajadores medievales, y logró algo que hasta entonces sonaba contradictorio: repelía la lluvia y dejaba pasar el aire. La patentó en 1888. Un cuarto de siglo después, Roald Amundsen la llevaba puesta rumbo al Polo Sur.
La epopeya continuó en el barro. Cuando el Ministerio de Guerra británico encargó a Burberry un sobretodo funcional para sus oficiales, la gabardina resolvió otro problema práctico: un tejido liviano, resistente, capaz de acompañar a un hombre semanas enteras entre agua estancada y frío cortante. Las trincheras de la Primera Guerra le dieron nombre definitivo a esa prenda: trench coat, y le sumaron el vocabulario que hoy sigue intacto: la solapa de tormenta cruzando el pecho, las hombreras pensadas para sostener equipo, el cinturón ajustable, las presillas en las mangas. Setenta años más tarde, ese mismo abrigo militar terminaría en los hombros de actrices, escritores, espías de ficción y jefes de Estado, transformado en el objeto más democrático del guardarropa de lujo.
Esa transformación, de utilitario a icónico, de trinchera a pasarela, es el eje de The Burberry Trench: Crafting an Icon” (La gabardina Burberry: creando un icono), la muestra gratuita que abrió el Museo Victoria y Alberto South Kensington el 21 de septiembre y permanecerá hasta el 3 de enero de 2027 en la Prince Consort Gallery, un salón de gabinetes de caoba raramente abierto al público, que supo alojar la colección textil del museo. La exhibición coincide con el 170° aniversario de la casa británica y llega como antesala de un proyecto mayor: The Burberry Gallery, la renovación de las salas de moda del V&A financiada por la marca, que abrirá recién en el otoño boreal de 2028.
Del taller de Hampshire a la trincheraEl recorrido se organiza en tres tiempos que funcionan casi como tres capítulos de una misma biografía textil. El primero, “Invention”, reconstruye el momento fundacional de 1879 y explica cómo aquel tejido pensado para resistir el clima de las islas británicas terminó definiendo una silueta reconocible en cualquier latitud. El segundo tramo, “Craft”, desarma la prenda pieza por pieza: el cuello terminado a mano, el forro a cuadros conocido como House Check, la solapa de tormenta, el cierre desmontable en el cuello. Cada detalle, explican desde el museo, responde todavía hoy a una necesidad funcional heredada de la trinchera, aunque el usuario contemporáneo jamás haya pisado un campo de batalla.
Entre las piezas que se muestran por primera vez al público figuran catálogos de comienzos del siglo XX y el trench coat que perteneció al diseñador Hardy Amies, sastre de la realeza británica y figura clave de la moda inglesa del siglo pasado. Carly Eck, curadora de marca en Burberry, describió el material exhibido como “una selección inédita del archivo de la casa, reunida especialmente para celebrar la legendaria herencia de un abrigo que sigue funcionando como símbolo de innovación y estilo atemporal”.
Detenerse en esos objetos (papel amarillento, botones de asta, cierres metálicos oxidados apenas) produce un efecto curioso: revela cuánta ingeniería silenciosa esconde una prenda que la mayoría de las personas ata sin pensar, camino a una reunión o corriendo detrás de un colectivo bajo la lluvia. La solapa de tormenta, por ejemplo, cumplía originalmente una función bélica precisa: distribuía el peso de un rifle colgado al hombro y protegía el pecho del oficial durante el disparo.
El cierre desmontable en la garganta servía para sujetar una máscara antigás en cuestión de segundos. Las presillas de las mangas, hoy reducidas a detalle decorativo, alojaban guantes o binoculares en el frente de batalla. Cada elemento que hoy leemos como estética nació, en rigor, como respuesta funcional a un problema concreto, y esa genealogía utilitaria es, quizás, la explicación más honesta de por qué la prenda sobrevivió intacta durante tanto tiempo: carece de artificio superfluo, cada centímetro de tela responde a una necesidad real.
Piezas del archivo —entre ellas el abrigo que perteneció al diseñador Hardy Amies— conviven con 19 looks de pasarela firmados por Christopher Bailey y Daniel Lee
El propio proceso de fabricación conserva ese apego artesanal. Cada trench de la línea Heritage sigue cosiéndose, todavía hoy, con decenas de pasos manuales realizados por costureras especializadas en talleres británicos, un procedimiento que puede insumir varias jornadas completas de trabajo por unidad. El cuello, terminado a mano, exige puntadas invisibles capaces de sostener la caída exacta de la tela sin deformarla con el uso. Ese contraste, entre la sofisticación industrial de la gabardina original y la persistencia del trabajo manual, atraviesa toda la sección “Craft” de la muestra, que funciona casi como un taller abierto: vitrinas con patrones técnicos, bocetos de sastrería, muestrarios de tela en distintos pesos y densidades, pensados para climas tan diversos como el desierto y el Ártico.
El oficio detrás del mitoEl tercer tramo de la muestra, “Creativity”, cierra el relato con 19 looks de pasarela extraídos de las últimas dos décadas y media, entre ellos diseños firmados por Christopher Bailey y por Daniel Lee, los directores creativos que reinventaron el trench sin renunciar jamás a su arquitectura original. La curaduría está a cargo de Oriole Cullen, curadora senior de Moda y Textiles del V&A, una especialista con una trayectoria construida puertas adentro de la institución: nacida en Dublín, formada en Historia del Arte en el University College Dublin y luego en Historia del Vestido en el prestigioso Courtauld Institute of Art de Londres, ingresó al museo en 2006 tras un paso por el Museum of London. En 2019 firmó Christian Dior: Designer of Dreams, una de las retrospectivas más visitadas en la historia reciente del V&A, y es autora de libros de referencia sobre moda británica como Ballgowns: British Glamour Since 1950 y Francis Marshall: Drawing Fashion.
En el comunicado oficial de la muestra, Cullen enmarcó el proyecto dentro de un vínculo institucional más amplio: “la próxima apertura de la nueva Galería de Moda del museo, sostenida junto a Burberry”. La curadora celebró trabajar junto al archivo de la marca para exhibir la historia de “un elemento de la moda británica que resistió el paso del tiempo y sigue evolucionando”, subrayando que la prenda conserva “más de un siglo después de nacer, la misma relevancia con la que empezó”.
Ese vínculo entre museo y casa de moda tiene, además, historia propia: comparten sede en el mismo barrio londinense donde Thomas Burberry presentó su tejido por primera vez ante el público especializado, y comparten, sobre todo, la convicción de que el patrimonio textil merece leerse hacia adelante, como material vivo capaz de inspirar a generaciones de diseñadores por venir.
La marca registrada, aquel jinete a caballo blandiendo una lanza bajo la palabra latina Prorsum (adelante), apareció recién en 1901, cuando la casa ya llevaba dos décadas fabricando gabardinas y necesitaba un emblema a la altura de su ambición. El símbolo terminó resumiendo, sin proponérselo, el espíritu entero de la empresa: avanzar pese al clima, pese a las guerras, pese a las modas pasajeras que amenazaban con volver obsoleto un abrigo pensado originalmente para pastores y oficiales. El escocés cuadrillé que hoy forra cada trench (la célebre combinación de beige, negro, blanco y rojo) llegó bastante después, entrado el siglo veinte, como forro interior discreto antes de convertirse en firma visual reconocible desde lejos, copiada, falsificada y reinterpretada hasta el cansancio en las décadas siguientes.
Pensar en los 170 años de la casa británica obliga a pensar también en supervivencia. Pocas marcas de indumentaria atraviesan un siglo y medio manteniendo relevancia comercial y cultural simultánea: muchas quedan atrapadas en la nostalgia de una época dorada, convertida en pieza de anticuario antes que en objeto deseable. Burberry esquivó ese destino apoyándose, una y otra vez, en la misma prenda madre, reinterpretada por sucesivos directores creativos que entendieron, cada uno a su manera, que la fidelidad a un símbolo jamás implica clonarlo sin variación.
Bajo la gestión de Christopher Bailey, entre comienzos de siglo y 2018, el trench se volvió superficie de experimentación cromática y textural, con versiones en cuero, en tul, en colores imposibles para la paleta original color arena. Con Daniel Lee al frente desde 2022, la prenda recuperó cierto rigor estructural sin resignar la ironía contemporánea que el público más joven exige.
Conviene detenerse, también, en un dato menor que dice bastante sobre la vigencia del objeto: la muestra elige la Prince Consort Gallery, ese salón de vitrinas exclusivas, como si el propio museo entendiera que exhibir el trench exige un marco a la altura de su historia doméstica y, a la vez, monárquica. Ahí conviven, bajo la misma luz tenue, un catálogo comercial de hace más de un siglo con un vestido de pasarela recién bajado del desfile más reciente de Daniel Lee, dos objetos separados por generaciones enteras que terminan hablando exactamente el mismo idioma de solapas y cinturones.
Esa convivencia temporal, más que cualquier pieza individual, resume el argumento central de la curaduría: la moda británica prefiere reinterpretar sus símbolos antes que descartarlos, y pocas prendas ilustran mejor esa filosofía que un abrigo diseñado, en principio, para sobrevivir al barro de una trinchera francesa.
Vale la pena imaginar, de paso, la escena inversa: un oficial de 1915 ajustándose el cinturón de gabardina antes de salir a la intemperie jamás hubiese imaginado que su sobretodo terminaría colgado, siete décadas más tarde, sobre los hombros de una actriz que camina hacia una alfombra roja, ni que 110 años después, una vitrina del museo más importante de artes decorativas del mundo iba a exhibir su misma solapa como pieza de estudio. Esa distancia enorme entre el propósito original de un objeto y su destino final funciona, en el fondo, como metáfora perfecta de cómo se construye realmente el patrimonio cultural: pocas veces por decisión deliberada de sus creadores, casi siempre por la acumulación silenciosa de usos sucesivos que ninguna oficina de marketing logra planificar del todo.
Al abandonar la sala queda una sensación parecida a la del paraguas londinense: esa que sugiere que ciertos gestos como abrir la tela contra la lluvia y calzarse un abrigo cruzado hasta el cuello, atraviesan generaciones enteras casi sin cambiar, aunque se modifique completamente el mundo alrededor. La diferencia, 147 años después de aquel experimento en Hampshire, es que la prenda dejó de pelearle únicamente a la lluvia para convertirse en otra cosa: un idioma completo, hecho de cinturones anudados y solapas levantadas, capaz de significar protección incluso cuando protege apenas del viento de una esquina porteña. Thomas Burberry buscaba, en el fondo, resolver un problema modesto de comodidad textil. Terminó inventando, sin saberlo, una de las gramáticas más duraderas de la moda occidental. La lluvia, esa vieja adversaria paciente, sigue cayendo sobre Londres exactamente igual que en 1879. El abrigo aprendió hace mucho a caminar bajo ella con total tranquilidad.