Por Santiago Cafiero  Ilustración Damián Lluvero (Pintorcito). “Hay fricciones en nuestra sociedad que nos tienen que inquietar”, dijo Ángela Merkel, la Canciller Federal de Alemania. Se refería a un tipo de discurso público que propaga el odio, el desprecio, que hiere la dignidad de otras personas. La Canciller sabe de lo que habla: los alemanes han experimentado en carne propia las consecuencias de esa irracionalidad. Y agregó: “Si no está claro que en este país no toleramos el odio, el racismo y el desprecio a otras personas, entonces nuestra vida en común no va a funcionar”. Crece en el mundo y muy particularmente entre nosotros un irracionalismo que no siente pudor por la propia ignorancia, que mediante el golpe de efecto busca la demolición del oponente, de la misma manera que pretende, de hecho o de derecho, eliminar al diferente. Oponentes y diferentes se vuelven la encarnación del mal, seres inferiores, tumores sociales, un auténtico aluvión zoológico predestinado al crimen o al desfalco. Lo curioso es que quienes hoy envenenan de odio las pantallas de televisión, los titulares de los periódicos, las redes sociales y los discursos políticos eran ayer nomás los abanderados de la no confrontación, de la neutralización del conflicto político, del balsámico lenguaje de la buena onda. Al parecer, ya no se trata de la angelical política sin adversario con que se negaba la puja entre diferentes intereses, mediante el simple recurso de directamente negar la existencia de cualquier otro interés que no fuera el propio. La sonrisa se trocó en rabia: si ya no es posible seguir negando la existencia de esos otros intereses será cuestión de negar al otro el derecho a expresarlos. Más allá de argumentos y razones, ese otro, en tanto identidad enemiga siempre debe ser impugnado, no por lo que hace, dice o propone sino por lo que es, por el mero hecho de ser. Ese discurso del odio es utilizado para acosar, segregar, justificar la violencia o la privación del ejercicio de derechos, multiplicando un ambiente de prejuicios e intolerancia que trasciende la palabra y recarga prácticas igualmente hostiles. El discurso del odio por lo general apunta a minorías. La particularidad de la Argentina es que se ensaña con las mayorías. Por ejemplo, las mujeres. Desde un antifeminismo sutil o desde el más brutal machismo justificador. O los trabajadores, tanto cuando reivindican sus derechos como cuando, precarizados laboralmente, se han visto marginados económica, social, cultural y ahora se pretende que también lo sean políticamente. Ya nos ha ocurrido en un pasado que no es tan remoto como para haberlo olvidado y fingir ignorancia respecto a sus consecuencias. Como peronistas, fuimos testigos de cómo el discurso del odio se enquistaba en algunos sectores de nuestra sociedad. La historia de las conquistas populares siempre tuvo una reacción contra la ampliación de derechos que se cristalizó en sentimientos clasistas muy refractarios de lo popular. Les haríamos un buen precio si dijéramos que …

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