Por Ezequiel Fernández Moores Fotos: Carolina Niklison / Anfibia Luis Miguel Rodríguez nació poco antes de que se cumplieran las primeras seis horas de 1985, año de Argentinos Juniors campeón de la Libertadores y del “Nunca Más”, el juicio histórico a las Juntas Militares. “Nació en esta misma casa entre las cinco y las seis de la mañana del 1 de enero de 1985”, precisa Beatriz Ardiles, Bety, desde Simoca, con fondo de canto de gallos. “Tres kilos ochocientos”, anunció Pocholo -Pedro Rubén Rodríguez, el padre, ya fallecido-. “Lo pesó en esa balanza que antes era la balanza de pesar los pollos”, cuenta Bety y suelta la risotada. Unos meses antes, un Luis Miguel de apenas 13 años ya había almorzado con Mirtha Legrand y ofrecido sus primeros shows en San Miguel de Tucumán. Pero el artista mexicano no tuvo nada que ver con el nombre del sexto de los nueve hijos (una niñita murió). Le pusieron “Luis” en homenaje a Hugo Luis, hermano más chico de Pocholo. Y “Miguel” por Miguel Angel, hermano de Bety. “No fue por el cantante, sino por la familia”, cuenta Bety. La familia, claro, son Los Rodríguez de Simoca, municipio de ocho mil habitantes en el sureste de Tucumán, fundado como “villa” en 1859 y a 52 kilómetros de la capital San Miguel. El Andrés Calamaro de Los Rodríguez de Simoca sería Pulga. O Pulguita. O Miguel, como todavía le dicen en Simoca. Como sea, Luis Miguel Rodríguez (1, 67m y 71 kilos), es la mejor alegría que ha tenido el fútbol argentino en tiempos difíciles de pandemia. Si Luis Miguel no se debe al cantante, Pulga tampoco es por Messi. Pulga, en rigor, le dicen a Walter, hermano mayor que dio su apodo a Pulguita. Walter, 44 años, nueve hijos, tres nietos, debutó a los trece años en Alto Verde (el club que está pegado a la casa de los Rodríguez), fue temperamental volante derecho en Atlético Tucumán y, ya retirado, funcionario en el gobierno peronista de Simoca. Walter fue clave cuando Luis Miguel, frustrado por tanto desamparo, quiso dejar el fútbol y se fue a trabajar con papá Pocholo, albañil y pintor. Pulguita era uno de los mejores en las canchas que el Inter de Italia financiaba en la vecina Monteros, en el monte tucumano, área cañera de la provincia. Esos clubes son complejos que poderosos equipos europeos apoyan en el Tercer Mundo no solo por mera filantropía, sino también para captar a un Maradona o a un Messi a precio cero. Pulguita tenía catorce años y ya había debutado en la Primera de Unión Simoca, el otro club de su ciudad. Fue uno de los cuatro pibes seleccionados por el representante José Ismail para una prueba en Italia. Era el Inter del magnate petrolero Massimo Moratti, de Ronaldo y Roberto Baggio. Maradona ya nos había enseñado que el “calcio” era en esos años la meca del fútbol. “Pulguita” viajó varias veces. Cuenta que pasó …

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