Alejandra Pizarnik (1936-1972) contó con una prosa vasta y textos teatrales / Foto archivo A 50 años de la muerte de Alejandra Pizarnik, voz icónica de las letras argentinas, las escritoras Marina Mariasch y Anahí Mallol repasan qué diferencias hubo entre la circulación del personaje literario y una obra que, más allá del malditismo en la poesía, contó con una prosa vasta y textos teatrales que desandaron lo trágico desde un grotesco revulsivo que siguió cuestionando lo límites de la lengua para nombrar el mundo y las cosas. ¿Qué distancias mantienen entre sí mito y obra Pizarnik? ¿Puede decirse que la circulación de lo primero le ganó a lo segundo? ¿Cuáles fueron las derivas esenciales de cada una? Sobre estas cuestiones reflexionan Mallol, poeta, docente e investigadora nacida en 1968 en La Plata que entre otros libros publicó «Postdata» y «Polaroid»; junto a Mariasch, poeta, novelista y traductora nacida en 1973 en Buenos Aires que cuenta entre sus títulos con «Efectos personales» y «Estamos unidas». «El personaje Alejandra Pizarnik, un personaje que la poeta construyó con cuidado y constancia, y sobre todo, en base a modelos literarios, finalmente, y como efecto seguramente no deseado por ella, se comió a la obra», dice a Télam Mallol, por estos días en París participando justamente de un encuentro sobre Pizarnik, de quien el domingo se cumple un nuevo aniversario de su muerte ocurrida el 25 de septiembre de 1972. Mallol se refiere «al hecho de que mucha gente conoce y habla de su vida, su infancia, su relación con la madre, su sexualidad o su suicidio, pero no conoce bien su obra. El personaje, o el mito, con sus ingredientes de juventud, desafío y figura trágica es atractivo. Pero tal vez lo que resulte más atractivo para cierto público es que ese personaje permite domesticar lo indomesticable, que es la obra de Pizarnik». Ocurre que «su textualidad es muy particular y desafía las categorías gramaticales y lógicas, exigiendo una entrega que la adscripción a los elementos biográficos permite aligerar, proporcionando una impresión falaz de explicación». Por otra parte, apunta Mallol, «ese tipo de explicación parece ser más perentorio cuando se trata de una mujer: domesticar su voz atribuyéndole locura, desengaño amoroso, final trágico: una nota roja que banaliza su potencia literaria y la hace nota policial, como pasó con Delmira Agustini y Alfonsina Storni, entre otras».»¿Por qué no me ubico en un lugarcito tranquilo y me caso y tengo hijos y voy al cine, a una confitería, al teatro? ¿Por qué no acepto esta realidad? ¿Por qué sufro y me martirizo con los espectros de mi fantasía?»Alejandra Pizarnik»A eso mismo apunta Marina Mariscah cuando señala que «la obra de Pizarnik fue leída desde ese episodio que funciona un poco como agujero negro que fue su suicidio. Y lamentablemente eso de alguna manera parece absorber o teñir la obra de un tono trágico, melancólico. Un tono que también está presente en la obra, sobre todo en la imposibilidad de ligar …

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here