«Al compás del tamboril», Diego Maradona se lució en los carnavales de Corrientes, la tierra de sus padres. Hubo un tiempo en que los rituales comunitarios tenían un sentido preciso y una referencia evidente. Se trataba, en general, de ceremonias ligadas a los ciclos de la naturaleza o a cuestiones religiosas. Con el paso de los años, se hizo frecuente que el ritual persista y la razón originaria se fuera diluyendo. En este sentido, una de las festividades más persistentes en la preservación de símbolos y costumbres es el Carnaval. Si se trata de buscar el origen remoto de esta fiesta, suele hacerse referencia a las Saturnales romanas, celebración madre de cualquier desenfreno. Pero en esa mezcla adúltera de tradiciones culturales, arbitrariedades e imperialismo que llamamos Occidente, las raíces carnavalescas deben rastrearse en la Edad Media. El motivo es siempre el mismo: la progresiva organización del ritual se debe a los denodados esfuerzos de la Santa Madre Iglesia por darle a las ancestrales celebraciones paganas algún vínculo con la tradición cristiana. El Carnaval de Venecia concilia la tradición con el glamour. En el caso del Carnaval, toda la cuestión está indisolublemente ligada al tema de la carne. Y no hablamos exclusivamente en términos alimentarios… Empezando por la etimología, la voz carnaval deriva del italiano carnevale o carnelevare que podría traducirse como “quitar la carne” en referencia a la prohibición del consumo cárnico durante el período de la cuaresma cristiana, ese lapso de cuarenta días que va desde el miércoles de ceniza a la Pascua de Resurrección. En términos confianzudos y locales, este es el período que aquí llamamos Semana Santa. En cualquier caso, la idea central es que, en vísperas de las privaciones de la Cuaresma, un segmento cuya duración ha oscilado entre tres días y varias semanas, los fieles tienen permitido atiborrarse de proteínas animales y, ya que estamos, zambullirse en todo tipo de desmadre. El Carnaval de la Quebrada, en Tilcara (Jujuy), atrae cada año a más turistas. En términos precristianos, la tradición de los banquetes tenía un significado mágico: se trataba de agotar las provisiones acumuladas para el invierno y propiciar así la fertilidad y abundancia futuras. Esta festividad del ciclo invernal operaba también como una válvula de escape a la rígida división en las jerarquías sociales, las restricciones de la sexualidad y el respeto del orden y las buenas costumbres. En algunas culturas, la fiesta se centraba en una alegórica batalla entre Doña Cuaresma y Don Carnal, combate ricamente narrado por el Arcipreste de Hita en «El Libro de Buen Amor».  A partir de esta base, las referencias y relaciones se cruzan y superponen en una diversidad lisérgica que desembocará en los rituales carnavalescos que, con numerosas variantes, todavía se practican. Las comilonas, los osos y las almas malolientes El Parque Rodó es la sede del carnaval montevideano. En la gastronomía carnavalesca el gran protagonista es el …

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