La más reciente creación de Roberto «Tito» Cossa, «Solo queda rezar», escrita a medias con su hijo Mariano y dirigida por Andrés Bazzalo, es un intenso y gozoso ejercicio escénico sobre la vida humana y la historia argentina., Su estreno en el Teatro del Pueblo -Lavalle 3636, barrio de Almagro- tiene mayor significado porque es una de las primeras obras que se ofrecen en la flamante, propia y definitiva sede de la institución, sostenida por la Fundación Carlos Somigliana, de la que Cossa es su presidente y uno de los principales fogoneros. Obra fundamentalmente de texto, abre con un dibujante y creador de historietas de ciencia-ficción argentino (Luis Longhi) que mientras duerme la siesta es abducido por alguna entidad extraterrestre cuyo representante (Carlos Weber) lo acusa de conocer peligrosos secretos de su mundo, como si el dibujante actuara con las características de un espía. En realidad, el muchacho -Longhi le adjunta una jovialidad casi adolescente a su personaje- solo ha hecho lo que los historietistas de las décadas de los 50 y los 60, aquí y en todas partes, e imaginó sobre las naves espaciales, las apariencias de los alienígenas, las formas de llegar a otros planetas, las voluntades de paz o de extinción para el terráqueo. Por su parte, Weber le otorga una imagen verosímil a su secuestrador interplanetario que responde justamente a la imaginación de aquellos dibujantes, en tanto el espectáculo se completa con las proyecciones de Lucio Bazzalo sobre un bosque de telas verticales, lo que le da una falsa apariencia de simplicidad. «Solo queda rezar», ese encuentro entre una entidad que domina el universo y un simple ciudadano sin mayores poderes tiene, ante todo, un propósito dialéctico, en el que sin el naturalismo habitual de las obras de Cossa senior se discuten elementos que siempre estuvieron en su trabajo: la igualdad, los derechos de las personas, la libertad, las angustias existenciales. En 2009 estrenó «Cuestión de principios», donde un padre y una hija que habían estado distanciados muchos años enarbolaban sus distintas formas de ver la vida, las relaciones laborales y de poder y hasta las posibilidades revolucionarias, y esa fue una obra en la que Cossa comenzó a abrirse hacia la duda, hacia lo «líquido», como fue lo que se impuso por esos años. Eso mismo bordea permanentemente los conceptos de «Solo queda rezar», en la que el terrícola se ve penetrado por razonamientos inesperados luego de reconocer que su pequeño mundo está en riesgo en virtud de la extraña visita a la Tierra de su antagonista, un megalómano a su manera que exhibe seguridades donde el otro flaquea. En el enfrentamiento los autores incorporan no solo la duda sino también el concepto religioso, un elemento impensable en tiempos de «La nona» y «Los compadritos», en que tanto Cossa como sus espectadores tenían otra visión y otras expectativas sociales en forma más o menos segura. Lo que sí aparece, …

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