En el marco de su “Celebration Tour”, con motivo del 50° aniversario de su primer disco “In the Court of the Crimson King”, el combo liderado por el guitarrista Robert Fripp, que en esta nueva reencarnación se presenta en formato de septeto, dio nueva vida a las composiciones más representativas de su historia, a partir de un entramado musical que, fiel a su estilo, nunca cedió a facilismos ni arreglos previsibles. Es que el grupo ya plantea desde su particular conformación un novedoso diálogo musical, con tres baterías, a cargo de Pat Mastelotto, Gavin Harrison y Jeremy Stacey, quien además toca teclados; el regreso del histórico Mel Collins, en vientos; Tony Levin, en bajo, stick y contrabajo; Jakko Jakszyk, en guitarra y voz; además de su líder. En tal sentido, las tres baterías, dispuestas al frente del escenario, toman el rol central, no sólo con su consabido rol rítmico, sino con una interacción entre ellas que genera una suerte de melodías alternativas que se funden con el estilo del grupo, caracterizado por moverse en un difuso límite entre el rock progresivo, el hard rock, la experimentación y el free jazz. Repartidos en dos sets de alrededor de una hora y cuarto cada uno, con un intervalo de 20 minutos, King Crimson interpretó unos 17 temas, entre los que aparecieron títulos fundamentales de su historia como “Larks’ Tongues in Aspic”, “Indiscipline”, “Red”, “Islands”, “Epitaph”, “The Court of the Crimson King” y “21st Century Schizoid Man”, por citar algunos. En este contexto, el diálogo de baterías mencionado, que sólo en unos pocos momentos tocaron al unísono, mostró a Mastelotto más concentrado en llevar los ritmos principales, para que Harrison desplegara diversas sonoridades y colores, que daban un particular toque melódico al set, al que se sumaba Stacey en los pasajes en donde no abordaba los teclados. Por su parte, Collins osciló entre sumarse al tsunami musical con saxos altos y bajos que creaban bases más que melodías y aportar climas de gélida belleza con su flauta traversa o aires de jazz con el clarinete. Todo esto sostenido por la pared sonora creada por Levin, quien pareciera poner en movimiento todo el andamiaje musical con sus bajos; y los conocidos fraseos con distorsiones de Fripp, en este caso apoyados por la guitarra de Jakszyk. Resulta una tentación en una formación tan añeja pero que ha variado constantemente a lo largo de su historia el plantear similitudes y diferencias con otras encarnaciones del grupo, en particular con la que vimos en nuestro país en 1994, con la presencia de Adrian Belew, en guitarra y voz, y el legendario Bill Brudford en batería.

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