Por Rodrigo Alonso* Antonio Gramsci distinguía la «pequeña política» de la «gran política». La primera es la política del día a día: los entretelones parlamentarios, los corredores, las intrigas, el lobby. La segunda, los equilibrios políticos generales: la función del Estado, la lucha por la conservación de determinadas «estructuras orgánicas económico-sociales», en palabras del socialista italiano. En Uruguay, la gran política, al menos desde inicios del siglo XX, es, esencialmente, la puja entre un bloque social afincado en la gran propiedad –sobre todo, la rural, de carácter primario-exportadora– y el bloque de lo que se desarrolla en el contorno y, en cierto modo, a expensas de ese segmento exportador: la polis, sede del aparato gubernamental y estatal, con algunos brotes industriales, la universidad, el espacio de la masa social acumulada, más o menos empobrecida según los ciclos de expansión y retracción económica. Originalmente, de un lado, la «nobleza» agraria (hoy ya algo más diversificada), el herrerismo; del otro, el batllismo: obreros (en gran medida inmigrantes), profesionales, empleados públicos, una parte del empresariado industrial incipiente. José Batlle y Ordóñez era, al decir de José Carlos Mariátegui, esencialmente un burgués, pero en el sentido etimológico de la palabra: un hijo y un padre del burgo, la casi ciudad-Estado, la polis montevideana. Con el paso de las generaciones ese pulso se ha transfigurado, pero, en esencia, se mantiene. La persistencia del linaje herrerista como corazón del bloque propietario es clara; lo mismo su alianza con el riverismo fundado por Pedro Manini Ríos. En la repetición de los apellidos rara vez hay casualidades. El otro bloque ha cambiado de piel, lo que hace que se pierda de vista el hilo de continuidad. Pero la amalgama social que hoy se expresa en el Frente Amplio –aunque también existe como una capilaridad militante y política bajo diversas formas sociales– es, en trazos gruesos, el batllismo por otros medios. Lo es en un sentido sociológico (por quiénes son) y en un sentido programático (por lo que piensan y proponen). Un batllismo sin estirpe patricia. Sin empresariado industrial adepto y activo, soñando con un capitalismo propio. Quizá más asentado en los sectores populares, pero con un jacobinismo tibio, casi inexistente, lejos del «avancismo jacobino» del que acusaban a don Pepe Batlle sus críticos más conservadores. Alberto Methol Ferré decía que el batllismo era el «partido de la prosperidad». Pero cuando se cierra el ciclo expansivo y viene la etapa de la carencia, lo que coagula es la contracara: la «coalición antibatllista» y el programa del ajuste. El batllismo es el momento expansivo y optimista; lo que viene después es el ajuste y «el fin del recreo». La fiesta y la resaca. El impulso y el freno. La agregación progresista y la desagregación neoliberal. Esta polaridad es el marco dominante de la gran política uruguaya. Sobre ese vaivén nos persiguen una crisis y un conflicto que tienen orígenes en cuando éramos una frontera y, sobre todo, un puerto y una pradera, y que cada tanto nos alcanzan, afloran, sacuden todo y luego se aplacan, pero no desaparecen, porque están en el ADN. En los años de las vacas gordas hay esperanza en la convivencia y funciona la coparticipación política y económica; en los de las vacas flacas afloran los rencores y la concordia real o impostada abre paso a un viejo conflicto que repolariza la sociedad. Dos polos que, como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, son opuestos y, sin embargo, conviven en una unidad y se dan paso mutuamente. Este pulso se concentra en un punto fundamental: la disputa por el uso de las plusvalías que emanan del …

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