Por Cristián Opaso* No son necesariamente lo mismo y, es más, la primera sin la segunda nos podría llevar -¿o nos está llevando?- a un despeñadero de consecuencias impredecibles. “Pero si la inventamos los seres humanos”, podría decir usted. “Una sin la otra, simplemente no van”, podría agregar. Yo diría que sólo hemos vislumbrado las posibilidades de la inteligencia humana y que sin un esfuerzo cualitativamente superior, sin una verdadera revolución mental, no seremos capaces de que una de las  más complejas maquinarias creada por la humanidad, o sea la inteligencia artificial, sea de verdad inteligente y esté al servicio de la evolución de la humanidad. Especial preocupación nos merece aquel enjambre de tecnologías duras y blandas (hardware y software) que desde las plataformas privativas, monopólicas y de alcance mundial, parecen habernos secuestrado privacidad, interacción e imaginación. Porque a fin de cuentas sería una gran ilusión que usted crea que realmente, de manera consciente, elige que información recibir, cual seleccionar y qué compartir. Son los algoritmos, las complejas operaciones matemáticas desarrolladas por las plataformas comerciales, las que priorizan el tráfico de acuerdo a sus intereses, que no son más que aquellos de los mercaderes cuyo principal interés es vender y crecer a toda costa. Me lo dijo con precisión alguien, cuyo nombre exacto nunca supe, en uno de aquellos encuentros de apariencia fortuita que a veces nos revelan verdades que perduran por largo tiempo. La breve conversación tuvo lugar en un apretado vagón del tren subterráneo Santiaguino (poco antes de la pandemia).  Breve, pero memorabilísima. Como para provocarme a pensar y elaborar este escrito. Le metí conversa atraído por su interesante aspecto de intelectual y sus manos cargadas de libros. “¿Es usted profesor de Química?..¿en la Universidad de Chile, la de Santiago o la Católica? ” pregunté, así como de la nada. “No, vivo en Londres”, me contestó, agregando que había venido a un seminario a la capital Chilena. Y él también, así como de la nada, en un momento me lo dijo todo. “La próxima revolución es la de la Mente” me musitó. “Tú sabes…la revolución industrial, pues bien… ahora viene la Mente”, agregó, para dictaminar con precisión: “La Inteligencia Artificial tiene que ser dirigida por la Mente. De lo contrario, no será en beneficio de la humanidad.” Estamos en la encrucijada Ciertamente que la regulación de las plataformas digitales -y su descarada recolección y venta sin control de nuestro datos personales- pasa por nuevas políticas públicas a nivel nacional, regional y, especialmente, a nivel global. En este sentido los países europeos parecen ir a la delantera. Pero connotados pensadores coinciden y complementan lo que me decía el sabio caballero que conocí en el subte: que sería necesario un radical cambio cultural y hasta conductual para controlar esta tormenta tecnológica. Lo planteó desde el espacio televisivo que tiene en DW, la televisión alemana, el ex-preso político y luego Presidente Uruguayo José “Pepe” Mujica: “..El mundo digital y la inteligencia artificial deben de cumplir el papel de ser servidores de la vida humana y no al revés, servidor de lo contrario.” dictaminó, con más años encima, desde su granja en las afueras de Montevideo. “Esto implica un cambio de lógica, un cambio cultural del cual estamos lejísimo ..”, agregó. “…La puerta que abre este avance y este proceso tecnológico lo posibilitan siempre y cuando podamos cambiar las raíces culturales que nos gobiernan. Estamos con una arsenal cultural que pertenece a otros tiempos, entrando en un tiempo distinto. Nada es mas importante que la batalla cultural por el cambio de nuestras reacciones subliminales”, continuó Mujica. “¿Podremos?” se preguntó, mencionando, sin …

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