Por Luis Hernández Navarro* La magnitud del triunfo de Andrés Manuel López Obrador en 2018 hizo creer a algunos de sus simpatizantes en la inevitabilidad de una victoria apabullante en las elecciones intermedias tres años después. Aunque aún falta conocer los resultados definitivos de los comicios del pasado domingo, con la información disponible está claro que Morena no obtuvo la votación que esperaba y necesitaba. La 4T ganó la mayoría de las elecciones estatales. Perdió en la Ciudad de México, su principal bastión desde 1988, al menos nueve de las 16 alcaldías (Xochimilco está en suspenso) y 12 distritos del Congreso local. Aunque en la Cámara de Diputados sigue siendo, sin duda, la principal fuerza política, no obtuvo la mayoría calificada ni absoluta que solicitó a los votantes en las campañas, y que requiere para seguir adelante con sus reformas. Morena perdió, también, buena cantidad de las más importantes ciudades del país, a excepción de Tijuana y Acapulco. En Monterrey y Guadalajara ganó MC; en Querétaro el PAN; en Puebla, la alianza Compromiso por Puebla-Pacto Social de Integración; en Morelia, la Coalición PAN-PRD; Guanajuato, PAN; en Cuernavaca, la alianza PAN-PSD; en Hermosillo, Va Sonora; en Toluca, la convergencia PAN-PRI-PRD; en Veracruz, el panismo se hizo de Medellín, Alvarado, Boca del Río y el puerto. La oposición partidaria, que fue reducida casi hasta la insignificancia por el tsunami de 2018, revivió fortalecida este 6 de junio, de la mano de la derecha empresarial. A pesar de los descalabros que sufrió en varios estados, emerge con fuerza suficiente para vetar iniciativas gubernamentales y conducir ella públicamente (y no sus intelectuales, las cámaras patronales o la prensa escrita) la verdadera oposición conservadora a la 4T. Cuenta, además, con una potencia en la Ciudad de México, de la que careció durante las últimas décadas. Lo notable es que, a pesar de la pandemia, la crisis económica, la inseguridad y el descontento de las clases medias, la 4T sólo haya tenido derrotas contundentes en la capital de la República. No es poca cosa. El hecho muestra hasta dónde, la indudable aprobación que mantiene López Obrador en la opinión pública, sirvió de valladar para que esa desazón no se manifestara en las urnas más ampliamente. Hay un malestar acumulado entre artistas, científicos, académicos, intelectuales, maestros, normalistas, feministas, ambientalistas, defensores de derechos humanos, asociaciones de víctimas que, salvo en la Ciudad de México, no se expresó electoralmente de manera directa en favor de algún partido o candidato, salvo anulando las papeletas o escribiendo en ellas consignas. Una parte de ese enojo se difundió en las redes sociales, mostrando fotografías de boletas tachadas o con consignas como Samir vive, ¡En dónde está Wendy?, Viva Mactumactzá y Teteles, Tierra, agua y libertad, Vivan las autonomías y la libertad, Marichuy, contra los feminicidios y las desapariciones y un largo etcétera. Medir la amplitud que alcanzó esta forma de protesta es casi imposible. Los resultados electorales son malos para los dos principales aspirantes a la candidatura presidencial de Morena: Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard. Por el contrario, los resultados para el tercero en discordia, Ricardo Monreal, no son malos. Gabriel García cumplió como operador. Claudia es la gran perdedora de la jornada. Puso al frente de los comicios a dos personajes de bajísimo nivel, a los que las tribus ignoraron permanentemente. Su política de alianzas fue fatal y muchos de sus candidatos quedaron a deber. El morenismo capitalino terminó hecho ciscos, peleado a muerte, disparando fuego amigo a mansalva. Mario Delgado, el hombre de Marcelo al frente del partido, pactó innumerables candidaturas indeseables, tanto con poderes fácticos mafiosos como con …

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