Por Patricio Alberto Cócaro, Facultad de Filosofía y Letras (UBA) / Facultad de Ciencias Sociales (UBA)  La “gran emigración” en el contexto de la unificación italiana La tardía unidad nacional Durante la primera mitad del siglo XIX asistimos a los intentos de unificación política de la península itálica, dividida entonces en numerosos estados con distintos niveles de desarrollo y en general bajo la influencia de potencias extranjeras. El estado más poderoso, el Reino de Cerdeña (constituido por dicha isla y Piamonte, el verdadero centro económico y político), se encontraba gobernado por la casa de Saboya y lideró el proceso de unidad italiana. Ante la debilidad de la causa nacional dentro de la península, la monarquía saboyana recurrió a una serie de acuerdos diplomáticos y militares con grandes potencias europeas como Francia para poder llevar a cabo la unificación a expensas del Imperio Austríaco, principal potencia extranjera dominante en la península. Luego de una serie de conflictos bélicos en la década en 1848-49 y 1859-60, el Reino de Italia se constituyó en 1861, aunque con este hecho, la unidad de todos los territorios de la península aún no había finalizado. En efecto, la región de Venecia seguía en ese momento controlada por Austria y los Estados Pontificios aún se encontraban bajo la égida papal. Nuevas alianzas diplomáticas y una coyuntura internacional favorable permitieron que el joven reino pudiera anexarse Venecia en 1866 y los estados papales en 1870. Finalmente en 1871, la recién adquirida ciudad de Roma se convirtió en la capital del Reino de Italia, finalizando la etapa de unificación territorial italiana. A pesar del éxito de la unificación, las características que esta revistió dejaron marcas profundas en el naciente estado, que por décadas signarían la historia de Italia. En principio, el proceso de unificación se realizó “por lo alto”, sin la participación de las masas. Luego de 1861, el cuerpo electoral italiano estaba constituido por porcentajes ínfimos de la población total. Así, la escasa participación política de la mayoría de la población durante las primeras décadas del Reino determinó una débil integración de las masas a la vida de la nueva nación. Por otra parte, el impulso para la unidad peninsular partió desde el norte y se realizó a expensas del sur, imponiendo la primera región la estructura estatal a todo el resto del país. Este hecho provocó que las notables diferencias económicas y sociales que separaban a las distintas regiones de la península no se atenuaran con la unidad. La “cuestión meridional” ocupó un espacio muy importante entre los problemas del nuevo estado. A nivel ideológico, a partir de la década de 1860, las clases dirigentes debieron, entonces, emprender la tarea de construir una identidad simbólica común a todos los habitantes de la península, ausente en las clases populares hasta ese momento. Se emprendió de esta manera el proceso de nacionalización de las masas en un país donde apenas un 2, 5% de los habitantes hablaba la lengua nacional en 1860. Para lograr la legitimación del nuevo estado ante las masas, las elites peninsulares recurrieron a instituciones tales como la escuela y el ejército, como vías para transmitir los valores nacionales. Se inició además el culto a la monarquía como artífice de la unidad (Brice, 2010). Numerosos monumentos y edificios fueron erigidos para rendir homenaje a los “héroes” de la unificación de la nación. En tal sentido, comenzaron a conmemorarse eventos relacionados al proceso de unidad, como el 20 de setiembre, día de la toma de Roma en 1870 por parte de las tropas italianas. Esta sumatoria de elementos, constituían el nuevo “culto a la nación” …

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