Así fue la caravana del Gobierno y Eln para oír el drama de guerra en el Pacífico Por Natalia Romero Pañuela y Camilo Alzate González Desde la orilla del río Calima, mientras el bote se acerca, Santa Rosa de Guayacán aparece como cualquier otro pueblo de las selvas del Pacífico, rodeado de monte y nubes perpetuas. Pero basta detenerse un momento junto al embarcadero para comprender que este es un pueblo fantasma: no se oyen los perros ni el cacarear de los gallos, tampoco salen niños corriendo a recibir a los visitantes con su acostumbrado tropel de algarabía, ni hay ropa secándose al sol en las ventanas. Santa Rosa de Guayacán es un pueblo muerto o, mejor, es un pueblo del que se ha retirado la vida. Las casas, que ya han empezado a perder algunas tejas de zinc arrancadas por el viento, completan un año y dos meses vacías, desde que los combates entre el Ejército de Liberación Nacional (Eln) y las Agc (también llamadas Clan del Golfo) forzaron a las 28 familias de indígenas wounaan a huir rumbo a Buenaventura, en noviembre de 2021. Como este hay otros tres caseríos en el río Calima parcialmente vacíos o abandonados por completo desde que empezó la crisis humanitaria en la región, a finales de 2021. Después de una correría de varios meses padeciendo el hambre y la limosna en las calles de Buenaventura, las 28 familias del resguardo wounaan de Guayacán fueron a parar al albergue Arcesio Paz, administrado por la Arquidiócesis de Cali en Dagua, Valle del Cauca, un pueblo frío y montañoso lejano, a muchos kilómetros de su tierra. En ese albergue, el primero de un eje humanitario que es apoyado por la Iglesia católica en la región, los 155 comuneros indígenas se convirtieron en 163, porque varias de las desplazadas habían salido huyendo embarazadas. Y este, dicen ellos, es uno de los dramas más dolorosos para el pueblo wounaan en Buenaventura y el Chocó: sus hijos están naciendo y creciendo lejos del río, algunos no lo han visto nunca. El territorio, ese concepto que engloba la vida, la historia y las creencias de estas comunidades, ha sido reemplazado por el albergue, un lugar ajeno y extraño donde la supervivencia depende de la caridad, las donaciones o ayudas humanitarias de agencias y entidades oficiales. Igual a este albergue hay al menos ocho entre Cali y Buenaventura, receptores de la población que escapa de la reciente ola de violencia, pero también de desplazados de hace 20 y 25 años que no quieren volver a sus tierras. Siguiendo la ruta de estos albergues comenzó el miércoles la Caravana Humanitaria del Bajo Calima y el río San Juan, como parte de los acuerdos logrados en diciembre pasado entre el Eln y el Gobierno para generar “alivios humanitarios inmediatos” en una de las regiones más afectadas por la confrontación. La caravana es el primer gesto concreto desde que empezaron los diálogos con el Eln, el 21 de noviembre de 2022. También es la primera vez que se hace un recorrido con delegados de la mesa para documentar la situación de derechos humanos, hacer un informe y avanzar en un acuerdo parcial de alivios en la zona. Todo eso se llevará a la mesa que sesionará en México, luego del encuentro en Caracas, donde superaron el impasse generado por el anuncio del presidente Gustavo Petro sobre un acuerdo de cese al fuego bilateral que no existió. La delegación visitó albergues en Dagua y Buenaventura y luego se dividió para hacer dos recorridos: uno por el medio y bajo San Juan para visitar …

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