Por Ernesto Salas El 29 de diciembre de 1933, los convencionales del radicalismo se reunieron en la ciudad de Santa Fe. Tenían que decidir si continuarían negándose a presentar candidatos en las elecciones fraudulentas de la dictadura del general Agustín P. Justo o levantarían la abstención del partido. Unos meses antes, la muerte de Hipólito Yrigoyen, había activado en los grupos insurgentes del partido el entusiasmo por una insurrección popular. En la noche correntina, a la vera del camino, un grupo de radicales vela sus armas. Los reflejos lunares proyectan tan solo la sombra del bosquecito en el que se refugian. Del pequeño ejército original queda en pie este puñado de combatientes entre los que se encuentra Arturo Jauretche, ese joven abogado de ojos claros y pelo enrulado. El cansancio los ha vencido pero aun sueñan despiertos. Desde la mañana vienen marchando bajo el sol enemigo del verano correntino, luego de cruzar el río desde el Brasil, kilómetros abajo de donde están ahora. A la media tarde paran en una estancia amiga a reponer fuerzas. Arturo se ocupa de conseguir el agua y llega con una carreta con tachos llenos. Desde que se conoció la noticia del desembarco una columna del Ejército los acecha, y cuando vuelven a marchar les tienden una emboscada cerca del arroyo San Joaquín. El tiroteo llega por sorpresa a la columna radical. Por uno de los flancos los ataca un grupo de infantería del Ejército que al instante se repliega hacia un montecito. El coronel Roberto Bosch, que conduce el grupo insurgente, decide lanzar sobre ellos la caballería pensando en un combate sencillo y cae en la trampa. Porque los que simulan la huida los van guiando hacia una lomada en la que tienen instalada una ametralladora que los barre sin piedad desde la altura. El combate se prolonga en la siesta, desigual, sangriento. Muchos revolucionarios pierden la vida, allí, en el llamado combate del San Joaquín. Pero Bosch no está para rendirse y pese a la derrota reagrupa a los restantes y, decidido a cumplir con su deber, sigue avanzando hacia Paso de los Libres, a esta hora alertada de que grupos radicales han lanzado una insurrección que se extiende por varias ciudades del litoral. Luego de la pausa nocturna, con las luces del alba, la columna invasora se adentra por las calles libreñas tiroteándose cada tanto con los defensores, tratando de ganar el centro. A la media mañana, con otros muertos mediante, ya saben que están derrotados. En la huida la mayoría se lanza al río para cruzarlo a nado. Pero Jauretche sabe que no lo va a lograr y trata de zafar sorteando los piquetes que los buscan por los alrededores. Pero no hay escapatoria y el cerco se cierra sobre ellos, siendo capturados finalmente por la policía. En los meses siguientes se le atolondra la memoria y va hilvanando el poema con el que recuerda aquellos sucesos. Una imagen lo acompaña, entre otras. No la puede quitar de la cabeza: “y así; al que estaba en el suelo / lo apretaban con las patas, / y levantado del pelo / le ponían la ‘corbata’ / y no era mejor la suerte / de aquel que sano lo hallaban / pues, por variarle la muerte, / parado lo degollaban”.(1) O la figura del comisario Bello, que en la comisaría tenía colgada de un alambre la oreja de un misionero como recuerdo, y en una cadenita había acumulado los relojes que le había robado a los muertos. Mayo de 1974, cuarenta años después. En los últimos días de su vida Jauretche …

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