La delegación de la CIDH llegó a Argentina el 6 de septiembre de 1979. Foto Cedoc Perfil LA CIDH EN LA ARGENTINA Por Luciana Bertoia Arnoldo Listre era el embajador argentino ante la Organización de Estados Americanos (OEA). El 30 de agosto de 1979 agarró el teléfono y discó a Washington. Estaba nervioso. Tenía que saber cuándo y cómo iban a llegar los integrantes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) a la Argentina para hacer la visita in loco a la que la había invitado la dictadura de Jorge Rafael Videla. Quiso hablar con Edmundo Vargas Carreño, un chileno que era el secretario ejecutivo de la CIDH, pero no lo encontró. Estaba de vacaciones fuera de Washington. Lo atendió Charles Moyer, su adjunto, quien le dijo que desconocía cuándo y cómo viajarían el resto de los comisionados. Listre sabía que el comisionado costarricense Luis Tinoco Castro llegaría con su esposa el 6 de septiembre a Buenos Aires. El mismo día que haría su arribo el salvadoreño Francisco Bertrand Galindo. No mucho más. “Continuaré informando”, prometió en un cable que despachó hacia la Cancillería, entonces a cargo de Carlos Washington Pastor. La idea de la visita se había empezado a gestar a mediados de junio de 1978, durante los días previos a la consagración de la Argentina como campeona del mundo. Mientras todos esperaban la final con los Países Bajos, el entonces canciller Oscar Montes aguardaba que el presidente de la CIDH, el venezolano Andrés Aguilar, le dijera si aceptaba la propuesta del gobierno de facto de Videla de venir a la Argentina. Movida por el clima triunfalista del Mundial, o por la necesidad de congraciarse con la administración de Jimmy Carter, o para destrabar créditos, la Junta Militar quería ir cerrando las denuncias que recorrían el mundo, que decían que en la Argentina se torturaba, se desaparecía y se asesinaba. La CIDH venía haciendo visitas in loco desde 1961 y nunca había sido demasiado dura con los gobiernos que la invitaban. Había estado en República Domianicana, Panamá, El Salvador, Haití y Nicaragua. Con la Argentina no tenía por qué ser diferente. LA GESTIÓN DE LA VISITA Mónica Mignone tenía 24 años cuando el 14 de mayo de 1976 una patota se la llevó de su casa en la avenida Santa Fe. Era psicopedagoga, militante peronista y catequista en la villa del Bajo Flores. Su padre, Emilio Mignone, fue uno de los primeros en acudir al sistema interamericano ante la falta de respuestas de las autoridades locales. Él conocía bien cómo funcionaba esa instancia porque entre 1962 y 1967 había sido funcionario de la OEA. Como Mignone, otros empezaron a presentar denuncias ante la CIDH. Para mediados de 1978, la Comisión había recabado tanta información como para hacer un informe desde Washington, pero los comisionados advirtieron que una visita al país tendría mayor impacto. Les hicieron saber a los diplomáticos estadounidenses que tenían vocación de viajar. Era claro que la dictadura argentina no gozaba de la simpatía del gobierno de Carter. La invitación se formalizó el 18 de diciembre de 1978. Para entonces, Mignone integraba formalmente la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), pero junto a otros integrantes ya habían creado un grupo de abogados y un centro de documentación, el embrión del Centro de Estudios Sociales y Legales (CELS). Enterado de la visita, viajó en febrero de 1979 a Washington. Se reunió con Aguilar, Vargas Carreño y Moyer, y pasó seis días con el funcionario Edgardo Paz Barnica, explicándole cómo funcionaba el sistema judicial en la Argentina y cómo operaba la represión …

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