América Central: violencia y pseudodemocracias Gilles Bataillon* Desde comienzos del siglo xxi, América Central1 se encuentra atrapada en una serie de tensiones inéditas producto de transformaciones sociopolíticas contradictorias. Los países centroamericanos, particularmente los del Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador), registran tasas de homicidios que los ubican entre los más violentos del mundo, a excepción de los países en guerra. La totalidad de los países del istmo son escenario de fenómenos de corrupción generalizada que involucran al conjunto de la clase política y a buena parte de los miembros de las Fuerzas Armadas y policiales, sin olvidar el aparato judicial. Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua ven cómo un número sin precedentes de sus habitantes emigran a Estados Unidos vía México, y en menor medida a Costa Rica y Panamá. Paralelamente, todos los países del istmo viven reiteradas crisis políticas debidas en parte a los intentos de sus elites políticas de perpetuar viejos habitus oligárquicos, así como a los ataques contra ciertos principios democráticos y la instauración de formas de tiranía. Además, estas crisis se ven impulsadas por el surgimiento de nuevas aspiraciones democráticas, cada vez más alejadas de los aparatos políticos existentes. En este artículo, me propongo describir y analizar este entramado de fenómenos contradictorios. Las formas de la violencia y la corrupción El Acuerdo de Paz regional de Esquipulas (1987), y luego los acuerdos de alto el fuego entre los contras y los sandinistas (1988) en Nicaragua, entre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (fmln) y el gobierno de Alfredo Cristiani (1992) en El Salvador y, finalmente, entre la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (urng) y el gobierno de Álvaro Arzú (1996) permitieron el fin de guerras internas particularmente mortíferas. El primer efecto de estos múltiples acuerdos de paz fue una rápida disminución de la violencia homicida. En un país como El Salvador, donde a comienzos de los años 1990 la tasa de homicidios tras los acuerdos de paz seguía siendo superior a 140 por cada 100.000 habitantes, esa cifra se redujo regularmente año tras año hasta llegar a 37, 8 en 2001. Si bien las caídas observadas en Guatemala fueron menos espectaculares, no fueron por ello menos significativas: 38 en 1997; 24, 19 en 1999. Finalmente, en Nicaragua esa tasa se redujo considerablemente a partir de 1988 hasta caer a 9, 5 en 2000. En cambio, la violencia común, no homicida, compuesta por una mezcla de riñas con golpes y heridas, robos y extorsiones, violaciones y violencia familiar, no disminuyó en absoluto. Muy por el contrario, creció en los países otrora en guerra. En esos países, como sucedió en Honduras, se observó además el resurgimiento de una conflictividad social, a veces muy desorganizada y atomizada. Muchos de los actores armados desmovilizados, provenientes tanto de las filas militares como de las guerrillas, fueron generalmente los responsables directos de estas nuevas formas de violencia no homicida. En este contexto comenzaron a prosperar en los barrios populares urbanos de los países del Triángulo Norte las maras, cuyos orígenes son complejos y trascienden los límites de este artículo. De esta manera, los países centroamericanos reanudaron habitus de violencia que siempre habían estado en el corazón de múltiples interacciones comunes incluso antes de los años de conflicto. Un reflejo de esta influencia de la violencia a lo largo del tiempo son las tasas de homicidios que existían antes en El Salvador, 30 en 1965, y 16, 5 en la misma época en Nicaragua2. A partir de los años 2000, en todos los países centroamericanos, a excepción de Nicaragua, se observó un continuo aumento de las tasas de homicidios y el recrudecimiento de muchas otras formas …

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