Fabio Morábito nació en Alejandría, Egipto y pasó su infancia en Italia pero vive en México desde la adolescencia. Foto: Angélica Montes. En su novela más reciente, «El lector a domicilio», el narrador y poeta ítalo-mexicano Fabio Morábito explora las aristas de la lectura como castigo y también como mecanismo para vencer la soledad, y aunque incluye personajes que extorsionan y son extorsionados, se aleja de los tópicos de la violencia y el narcotráfico habituales en muchos de los autores contemporáneos del país en el que vive. A diferencia de Michael Berg, el protagonista de «El lector», la novela de Bernhard Schlink sobre los efectos del nazismo en la sociedad alemana, el personaje que crea Morábito no es inocente sino que se dedica a la lectura para purgar una pena por un delito que nunca es mencionado. A la culpa, Eduardo suma una enorme soledad y una imposibilidad para comunicarse con los demás. Es incluso incapaz de emocionarse o comprender los textos que lee en voz alta. Sin embargo, tiene un costado vulnerable que genera empatía. Morábito se siente partícipe de la tradición literaria mexicana. Foto: Angélica Montes. Sobre su inserción en l a tradición literaria mexicana, la génesis de esta novela y su devenir entre la poesía y la prosa conversó Morábito con Télam desde la Ciudad de México. A continuación, los tramos centrales de esa charla. -Télam: ¿Cómo surgió la idea de «El lector a domicilio», un personaje que purga una pena y se ve condenado a leer? -Fabio Morábito: No recuerdo cómo se me ocurrió el personaje de un hombre joven, aunque no muy joven; solitario, aunque vive en casa de su padre enfermo; desorientado, aunque con algunas convicciones firmes, que lee novelas y cuentos en casas de jubilados, pagando con este trabajo comunitario una condena leve a raíz de un delito menor del que no sabemos nada. El verdadero disparador de la novela fue la idea de que, aun teniendo una bella voz y leyendo muy bien, no entiende lo que lee, porque le es absolutamente indiferente. Eso me hizo sentir que era un personaje real y me puse a escribir. Fueron nueve meses de no pensar en otra cosa que en esa historia. Me acostaba con una idea en la cabeza para el episodio que seguía, y al otro día lo escribía. Nunca había tenido hasta entonces la sensación de que escribía bajo dictado, casi sin intervención de mi parte. -T: En cierto modo la historia de Eduardo dispara diversas reflexiones sobre la lectura: si es un oficio, o un castigo, o un modo de conectarse con los demás. -F.M.: En realidad el lector a domicilio no lo toma como un oficio sino que purga una pena menor. De hecho a él no le produce placer ya que no le importa nada de lo que lee. Eso es precisamente lo que le reprochan sus oyentes: que no se involucra con …

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here