Mariana Enriquez es autora de «Nuestra parte de la noche» y “Las que cosas que perdimos en el fuego”, entre otras obras. Los premios a “Nuestra parte de la noche”, de Mariana Enriquez, y “La claridad”, de Marcelo Luján, sumado a la reciente decisión del Fondo Nacional de las Artes de incluirlo como uno de los tres únicos géneros que se admitirán en la próxima edición de su certamen de letras, le otorgan al terror una centralidad inesperada que ya venía tomando cuerpo a partir de tramas contemporáneas que captan la extrañeza de la vida cotidiana, insinúan las ambiguedades de la realidad y humanizan lo monstruoso. La potencia actual del terror viene de la mano de una renovación que habilita el maridaje con otros géneros como la ciencia ficción o la novela negra, el desplazamiento hacia nuevos escenarios que se apartan de los fantasmas, las casas embrujadas o los pueblos poseídos y su apertura hacia temáticas que habitualmente capitalizaba el realismo como las secuelas de la dictadura o una idea del campo alejada de lo bucólico y ligada en cambio a la explotación y a las plantaciones tóxicas. Lo inquietante como tópico ya no parece antojadizo luego de que un virus invisible pero letal como el coronavirus dislocara el ritmo de las sociedades. La pandemia vino a recordarnos que la existencia está llena de sucesos y criaturas que nos perturban, una certeza que recupera hoy el terror a través de narraciones donde lo siniestro se genera al interior de las comunidades y no como amenaza externa o fuerza sobrenatural. La narrativa argentina tiene una discontinua tradición de relatos anclados en un género que siempre ha sido condenado a un lugar de marginalidad, pese a que lo han retomado episódicamente autores como Antonio Di Benedetto, Abelardo Castillo, Ana María Shúa  y Horacio Quiroga, que legó dos exponentes notables como “El almohadón de plumas” –la historia de una mujer que languidece por un pequeño monstruo que habita en su almohada- o “La gallina degollada”, el relato de los hermanos con retraso madurativo que asesinan a la hermana lozana e inteligente. A diferencia de esos hitos discontinuos, en los últimos tiempos, el terror tomó envión en la escena literaria a partir de narradores que casi en simultáneo lo alojan en sus tramas, desde lo siniestro cuidadosamente administrado en “Distancia de rescate” de Samanta Schweblin hasta los abordajes más totalizantes de Diego Muzzio en “Las esferas invisibles”, Luciano Lamberti en “La masacre de Kruguer” o Mariana Enriquez en “Las que cosas que perdimos en el fuego” y “Los peligros de fumar en la cama”. Marcelo Luján es autor de “La claridad” y “El Desvío”, entre otras obras. Esta refundación del terror desde una imaginería más próxima al registro realista que al regodeo sobrenatural suma adeptos entre los lectores y capta el interés de los jurados de premios, que se han inclinado por dar el triunfo a obras que sobrevuelan este género:  …

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