«No conozco la historia del fuego./ Pero creo que mi soledad debería tener alas» (A.P.) Foto: Gentileza Alicia D Amico Decía Truman Capote en el prefacio de Música para camaleones que cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos da un látigo, «y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación». Alejandra Pizarnik fue acreedora del don y también víctima   de esos latigazos auto-inflingidos. Con ellos, se llevó a sí misma. Dicho en sus propios versos: “No quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo”. En aquellas últimas líneas que dejó escritas en su casa, horas antes de quitarse la vida, el 25 de septiembre de 1972, según bien recoge Cristina Piña en Alejandra Pizarnik /Biografía de un mito (Lumen, Buenos Aires, 2021)   flamean la intensidad del don y el látigo, tanto como el tipo de abismos a los que estaba dispuesta la poeta. «La palabra que sana» por Andi Nachon e «Invocaciones» por Alejandra Kamiya Decir lo que no es para mostrar lo que es (mentir para revelar): de eso se trata la poesía, y Alejandra lo llevó al extremo. A veces corrosiva y rabiosa, hasta aullar verdad: “Gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia/ eso hiciste vos, eso yo./ Me pregunto si eso no aumentó el error/ hiciste bien en morir/ por eso te hablo, por eso me confío a una niña monstruo.” Flora Alejandra Pizarnik nació el 29 de abril de 1936 en Avellaneda. Sus padres, Elías Pizarnik y Rejzla (Rosa) Bromiker habían llegado a Buenos Aires desde Rovne, una ínfima ciudad ruso-polaca. Pese a la educación religiosa recibida en la Zalman Reizien Schule, centro formativo hebreo donde aprendió (junto a su hermana Myriam, dos años mayor) a leer y escribir en yiddish, Buma, o Blímele, como le decían sus padres, devino puro agnosticismo; aun signado por paganas epifanías que convirtió en oraciones: “Cansada de sostener las mismas vísceras/ Cansada del mar indiferente a mis angustias/ ¡Cansada de Dios! ¡Cansada de Dios!” «Extracción de la piedra de la locura» por Laura Novoa y «La enamorada» por Laura Cymer No abrazó la academia (aunque esta hoy la reverencie): en 1954 entró a la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires donde cursó entre 1955 y 1957. Se fascinó con las lecturas de   Joyce, Breton, Proust, Gide, Claudel y Kierkegaard. Pero desdeñó la dinámica universitaria. Probó entonces con una Escuela de Periodismo que había en la calle Libertad. En cualquier caso, las instituciones no fueron lo suyo. Alejandra encarnó el desafío esencial; esto nos lleva, otra vez, al “mito” referido por su biógrafa Piña. Quien escribe como Pizarnik se lanza a un acto mítico por lo prometeico; quiere robar el fuego a  los dioses, a riesgo de acabar como el propio Prometeo, condenado por Zeus a una permanente agonía en el monte Cáucaso. Algo de eso le ocurrió a la chica que jugaba a la …

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