Yasmin Bellani, psicogerontóloga: “Cuidar la memoria no consiste solo en hacer crucigramas o sopas de letras”
Con el paso de los años es habitual que aparezcan pequeños olvidos. No recordar dónde quedaron las llaves, demorarse unos segundos en encontrar una palabra o perder de vista los anteojos son sit...
Con el paso de los años es habitual que aparezcan pequeños olvidos. No recordar dónde quedaron las llaves, demorarse unos segundos en encontrar una palabra o perder de vista los anteojos son situaciones frecuentes que, por sí solas, no representan una señal de alarma. Sin embargo, cuando esas dificultades comienzan a afectar la vida cotidiana, los especialistas recomiendan prestar atención y realizar una consulta profesional.
La psicóloga especializada en gerontología y diplomada en neuropsicología aplicada en adultos mayores, Yasmin Bellani (MN 77.478), explicó en diálogo con LA NACION que existe una diferencia importante entre los cambios esperables del envejecimiento y un posible deterioro cognitivo. “No es lo mismo olvidar dónde dejé los anteojos que olvidar para qué sirven. Tampoco es igual tardar un poco más en encontrar una palabra que dejar de comprender una conversación habitual”, señaló.
Según detalló, uno de los principales indicadores aparece cuando la persona empieza a tener dificultades para realizar actividades que antes hacía sin inconvenientes, como administrar su dinero, seguir una receta conocida, orientarse en lugares familiares o repetir reiteradamente la misma pregunta sin recordar haberla formulado.
En ese sentido, remarcó que nunca es conveniente sacar conclusiones apresuradas. “La memoria puede verse afectada por múltiples factores, entre ellos el estrés, la ansiedad, la depresión, los trastornos del sueño, algunos medicamentos o incluso el aislamiento social. Por eso, ante cambios persistentes, siempre es recomendable realizar una evaluación neurocognitiva”, sostuvo.
Cinco herramientas para acompañar a un adulto mayor Los hábitos que realmente ayudan a proteger la memoriaDurante mucho tiempo se creyó que resolver crucigramas o sopas de letras era suficiente para mantener el cerebro en forma. Sin embargo, las investigaciones actuales muestran que el cuidado de la memoria requiere un enfoque mucho más amplio. “Hoy sabemos que el cerebro conserva su capacidad de aprender durante toda la vida. La neuroplasticidad no desaparece con la edad; simplemente necesita ser estimulada”, explicó Bellani.
Por eso, la directora del centro integral y de día para personas mayores ubicado en Olivos, Área Salud (@soyadultomayor.ok), aseguró que la mejor estrategia no consiste únicamente en entrenar la memoria mediante ejercicios repetitivos. “Cuidar la memoria no consiste solo en hacer crucigramas o sopas de letras. El cerebro necesita desafíos significativos”, afirmó.
Entre las recomendaciones con mayor respaldo científico, mencionó la práctica regular de actividad física, mantener una vida social activa, aprender habilidades nuevas —como un idioma, tecnología o un instrumento musical—, dormir adecuadamente, controlar enfermedades como la hipertensión, la diabetes y el colesterol, llevar una alimentación saludable y participar en actividades que impliquen planificación, resolución de problemas, creatividad y toma de decisiones.
“Un cerebro activo necesita una persona activa. No alcanza con entrenar la memoria; también hay que seguir teniendo proyectos, vínculos y motivos para levantarse cada mañana”, resumió.
¿Cómo acompañar a un adulto mayor sin hacerlo sentir mal?Otro de los desafíos más frecuentes aparece dentro del entorno familiar. Muchas veces, con la intención de ayudar, hijos o nietos terminan respondiendo por la persona mayor, completando sus frases o corrigiéndola constantemente. Esto no solo genera conflictos, sino que también hace sentir mal a la persona a la que se la señala constantemente como que es “incapaz”.
—¿Qué pueden hacer los familiares cuando notan que un adulto mayor empieza a olvidar cosas sin hacerlo sentir juzgado o infantilizado?
-Lo primero es escuchar antes de intervenir. En lugar de decir “ya te lo expliqué tres veces”, es mucho más saludable preguntar: “¿Querés que lo revisemos juntos?”. La comunicación debe ser respetuosa y adulta. Tener dificultades de memoria no significa perder la capacidad de decidir.
También es importante no asumir que todo olvido es demencia. Observar, registrar los cambios y consultar con un profesional permite intervenir precozmente cuando es necesario y, muchas veces, brindar tranquilidad cuando se trata de cambios esperables del envejecimiento. La dignidad también se protege desde el modo en que hablamos.
—¿Qué impacto psicológico tiene comenzar a perder movilidad o independencia?
-Perder independencia no significa solamente necesitar ayuda para caminar o vestirse. Significa atravesar un cambio en la identidad. La persona deja de hacer cosas que durante décadas definieron quién era: manejar, cocinar para la familia, salir sola, trabajar, cuidar a otros. Cuando esas actividades desaparecen, pueden aparecer frustración, enojo, tristeza e incluso vergüenza.
Por eso muchas personas se resisten a aceptar ayuda. No porque sean obstinadas, sino porque sienten que aceptar ciertas limitaciones implica renunciar a una parte de sí mismas. El desafío no consiste en hacer todo como antes, sino en descubrir nuevas formas de seguir participando y sintiéndose útiles.
—¿Cómo pueden los familiares acompañar sin sobreproteger?
Existe una frase que resume muy bien este desafío: “Ayudar no es sustituir”. Muchas veces la familia hace todo por amor, pero termina haciendo demasiado. Si una persona todavía puede elegir su ropa, servir su desayuno o manejar su dinero con apoyo, es importante permitirle seguir haciéndolo. La sobreprotección acelera la dependencia.
En cambio, acompañar significa ofrecer ayuda únicamente cuando realmente es necesaria y fomentar que la persona tome decisiones sobre su propia vida. La autonomía no consiste en hacerlo todo solo. Consiste en conservar el derecho a elegir.
—¿Hay estrategias que ayudan a que una persona mantenga su autonomía durante más tiempo?
—Sí, y la buena noticia es que muchas dependen más del entorno que de la edad. La autonomía se protege promoviendo movimiento, participación social, ejercicio físico, estimulación cognitiva, adaptación del hogar cuando hace falta y acceso a espacios donde la persona continúe desarrollando intereses.
Los centros de día representan hoy uno de los recursos más valiosos dentro del nuevo paradigma del envejecimiento. Lejos de ser un lugar al que se acude cuando ya no hay alternativas, son espacios preventivos donde las personas fortalecen sus capacidades físicas, cognitivas, emocionales y sociales antes de que aparezca una dependencia mayor.
En definitiva, el objetivo no es solamente vivir más años. Es vivirlos con sentido, con participación y con la mayor autonomía posible.