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Una oportunidad histórica para 2030

Hacia el año 2030/2033, la sociedad argentina en conjunto tendría recursos económicos inéditos en su historia. El mito fundante del “país rico” podría hacerse realidad 150 años después ...

Hacia el año 2030/2033, la sociedad argentina en conjunto tendría recursos económicos inéditos en su historia. El mito fundante del “país rico” podría hacerse realidad 150 años después de su gestación. Del “granero del mundo” al “faro energético del fin del mundo”. ¿De qué modo se desarrollará el tránsito hacia el prometedor horizonte? ¿Cómo se vivirá en ese ecosistema tan potente como dilemático? ¿Bajo qué parámetros se articularán las dimensiones económicas con las sociales? Esos son los debates que vienen. Se organizan bajo una idea que los agrupa y estructura. Se llama “modelo de país”.

“La tierra prometida” que convoca a continuar el largo y agotador “cruce del desierto” está hecha de combustibles, minerales, agroalimentos, conocimiento y data centers. Riquezas estratégicas que serán demandadas para mover una globalización hackeada por conflictos múltiples y un “malestar del bienestar” que no cesa de crecer entre los ciudadanos. La hipertrofia del deseo que estimula tanto como intoxica –todos quieren todo y lo quieren ya– hace que la satisfacción se vuelva esquiva, inasible, fugaz. El fastidio crónico no solo lo sufren las personas, sino también las empresas, los productos, las marcas y los gobiernos. Cuesta dar la talla de anhelos que visitan con frecuencia la desmesura.

Aleph Energy, consultora especializada en energía que trabaja con Ecolatina, proyecta que para 2031, en un escenario intermedio, el país generaría un excedente comercial de 31.000 millones de dólares entre petróleo y gas. Para dimensionar la magnitud de lo que significa esto, cabe recordar que en 2022 hubo un déficit energético de 10.000 millones de dólares.

Esto no es todo. En su escenario optimista, pero posible, sumando el desarrollo de la infraestructura para exportar el GNL (gas natural licuado), en 2031 serían 43.000 millones de dólares. Se llegaría a 50.000 millones de dólares en 2034, manteniéndose ese flujo constante de ahí en adelante.

Esta segunda proyección coincide con la que comentó recientemente Horacio Marín, presidente de YPF. Incluso ellos están viendo los 50.000 millones de dólares por año un poco antes.

A eso se le debe sumar lo que se prevé para la minería. Serían 20.000 millones de dólares para 2031 y 26.000 millones por año para 2035, de acuerdo con las previsiones oficiales de la Secretaría de Energía.

Dante Sica, fundador de la consultora Abeceb y exministro de Producción y Trabajo, desarrolló una proyección integral sumando energía, minería, agro e industria del conocimiento. Esos cuatro sectores generarían para 2033 80.000 millones de dólares más que en 2024. Si se cumple el escenario optimista de Aleph o el de YPF, habría que decir que, con todo lo impresionante que resulta su cálculo, podría incluso haberse “quedado corto”.

Todos los que están trabajando e invirtiendo en estos cuatro motores de “la nueva Argentina” afirman que no estamos frente a una utopía, sino ante un plan. No es un sueño: es un proyecto real y viable. Está todo dado para que esta vez realmente ocurra. Sería “otro país”. Mucho más rico que el actual. La Argentina pasaría a jugar en otra liga. Su gente tendría, en hipótesis, mayores oportunidades de mejorar la calidad de vida que las que tiene hoy.

Ahora bien, ¿cómo se configurará ese territorio de nueva abundancia? ¿De qué modo se conectarán “la cordillera y la pampa húmeda” con el resto del territorio? ¿El dinero quedará “anclado” en el lugar de origen o fluirá de algún modo sustentable hacia las geografías más pobladas?

¿Se desarrollarán planes e interfaces para que la dinámica de la extracción –con todo lo dificultosa que resulta y el nivel de inversión y conocimientos que requiere– se conecte con la de la producción, la construcción y el comercio? Es un interrogante relevante, dado que esos tres sectores, junto a la administración pública, hoy hacen el 44% del PBI y el 51%, según el análisis de Ecolatina sobre la base de datos del EMAE (Indec).

Los cuatro enfrentan una situación compleja en la actualidad, con matices y diferencias. No todo es igual. Pero con un patrón común: caída del nivel de actividad, pérdida de empleos formales y retracción del salario real. Son actividades muy vinculadas con la clase media baja y la clase baja trabajadora. No es casual que estos dos grupos (56% de las familias, más de 25 millones de habitantes) vivencien una restricción cotidiana mayoritaria y una incomodidad creciente.

Para formular la pregunta de manera simple y concreta: ¿de qué modo se conectarán el petróleo y el gas de Vaca Muerta con Moreno, o el litio de Catamarca con Berazategui?

Hay múltiples respuestas posibles. De esas respuestas depende el imaginario de la sociedad argentina que viene. En consecuencia, la estructuración de sus consumidores, marcas y mercados. Para pensar hoy una estrategia de negocios a mediano plazo habrá que poder dilucidar si ese país con mucho más dinero que el actual tiende a profundizar la fragmentación social, a mantenerla o a reducirla. ¿Tendremos una sociedad que, mientras incrementa su patrimonio, recupere grados de homogeneidad o, por el contrario, lo uno no estará vinculado con lo otro?

“La gallina de los huevos de oro” se dibuja en el horizonte. Habrá que pensar muy bien cómo tratarla y qué hacer con ella. Para un mundo y un país tan volátiles, parece un tiempo lejano. Pero son apenas cuatro años. Es decir, un período presidencial. Por otra parte, ese dinero no llega un día “en un plato volador”. Va llegando mes a mes.

El ticket premiado está a la vista. De hecho, las proyecciones de Aleph indican que ya en 2028 (primer año del próximo período presidencial) el superávit energético superaría los 20.000 millones de dólares. El momento de decidir está mucho más cerca de lo que parece. Será necesario poder pensar muy bien el 2030. Lo que implica, ante todo, sostener la lucidez intelectual hasta ese momento. Luce como un objetivo sencillo. No lo es.

Pensar en 2030

Sobre el final de su vida, cuando tenía 100 años, Henry Kissinger envió un “mensaje en una botella” que hoy navega por los océanos del buen pensamiento. Lo hizo en su libro Génesis, publicado de manera póstuma a comienzos de 2024. Ese texto operó como saga de su obra previa titulada La era de la inteligencia artificial y nuestro futuro humano, publicada en 2021, a los 98 años. Ambos ensayos fueron coescritos con Eric Schmidt, ex-CEO de Google.

Todo comenzó con un artículo publicado en The Atlantic cuando tenía 95 años, a propósito de las virtudes y los peligros que advertía en la inteligencia artificial. En esa premonitoria columna de opinión se preguntaba: “¿Cuál será el impacto en la historia de máquinas capaces de aprender de sí mismas (machine learning) y que pueden aplicar ese conocimiento a fines que exceden las categorías de discernimiento humano? ¿Bajo qué parámetros tomarán decisiones? ¿Estaremos al filo de una nueva fase en la evolución de la historia humana?”.

El artículo llevaba un título inquietante: “Cómo termina la Ilustración”. Kissinger comprendió rápidamente que lo que se ponía en discusión con la irrupción de la inteligencia artificial no era un simple avance científico, sino la condición humana en sí y el modelo que le había dado su etapa histórica de mayor desarrollo.

Por eso reclamó con urgencia la presencia de “un filósofo en la sala”. Lo expresó con contundencia diciendo: “¿Qué será de la conciencia humana si toda su capacidad explicativa es superada por la inteligencia artificial y las sociedades pierden la capacidad de interpretar y encontrar sentido en el mundo que las rodea? La Ilustración comenzó básicamente con una filosofía que generó nuevas tecnologías. Nuestro período se está moviendo en el sentido opuesto. Se generó una tecnología potencialmente dominante que está en busca de una guía filosófica”.

La tecnología solo avanza. ¿Por qué? Porque puede y porque está en su naturaleza. La pregunta que sigue sin responderse, y para la cual se necesita a la filosofía, es ¿para qué?

En Génesis, habiendo apreciado los efectos de la IA en la praxis, Kissinger fue mucho más allá. Desde su punto de vista, lo que estaba ocurriendo se asemejaba a una sola cosa que había visto, y de la que era experto: la energía nuclear. Potencialmente tan constructiva como destructiva. Una fuerza erótica o tanática, según fuera utilizada por el hombre.

Leyendo ambos ensayos puede decodificarse en la entrelínea de sus ideas una reflexión sustancial: ¿cómo vamos a procesar, gestionar y pensar este hijo dilecto del progreso que hemos sabido alumbrar?

Sin ser capaces de advertirlo, ¿nos estamos hundiendo en el barro de la barbarie rompiendo el cristal de la evolución civilizatoria? ¿Estamos depositando de un modo naíf una confianza ciega en la tecnología? ¿Vale la pena perder el control a cambio de ganar confort?

¿Nuestra mente se está expandiendo hasta magnitudes insospechadas para hacernos más poderosos y más sabios o, por el contrario, está siendo atacada de un modo sutil y embriagador para empequeñecerla, embrutecerla, anularla?

¿Nos estamos volviendo más sabios o, aturdidos y perdidos, nos encaminamos sin remedio a un degradante proceso de embrutecimiento? ¿Evolucionamos o involucionamos?

La mente ampliada

En su última edición, el Foro de Davos presentó una matriz analítica titulada “Skills 2030”. La matriz era la síntesis visual de un trabajo muy profundo que se propuso analizar qué habilidades, conocimientos y talentos resultarían valiosos para el ámbito laboral en el futuro próximo.

En el cuadrante ganador se presentó en sociedad la concepción actualizada de “la mentalidad ampliada”. Podría ser considerada una respuesta concreta a algunas de las inquietudes planteadas por Kissinger.

Allí conviven la experiencia en inteligencia artificial y manejo de datos o la fluidez digital con el pensamiento crítico, la generación de ideas, la adaptabilidad a los cambios en el entorno y la resolución estratégica de problemas.

De alguna manera, lo que Garry Kasparov bautizó “pensamiento centauro” o colaboración hombre-máquina. Tras su histórica derrota frente a Deep Blue, en 1997, Kasparov, en lugar de deprimirse, se dedicó a tratar de comprender qué había sucedido. Llegó así a la ideación de un ajedrez avanzado. Es un modelo donde un jugador humano compite asistido en tiempo real por un módulo de análisis informático. La metáfora del centauro aludía a esa criatura híbrida: el torso y la cabeza humanos aportando intuición, juicio estratégico y visión a largo plazo, sobre el cuerpo del caballo (la máquina), que aportaba la potencia de cálculo y una memoria libre de fatiga. El experimento arrojó una conclusión fundamental en la teoría de la interacción humano-máquina: en la era actual, la sumatoria era más fuerte que cualquiera de las partes operando de manera individual.

Ante las cruciales decisiones que tiene la sociedad argentina por delante, será necesario recordar tanto los temores de Kissinger (perder nuestra condición ilustrada, nuestra lucidez para tomar decisiones autónomas basadas en la razón) como los hallazgos de Kasparov: la máquina (la técnica) potencia al hombre, pero el hombre es imprescindible. Y es quien conduce el proceso. Los sistemas funcionando por sí solos pierden aspectos como la intuición, la creatividad, la inspiración o la sensibilidad, que únicamente puede aportar el espíritu humano. Incluso pueden tirar por la borda cualquier tipo de limitación ética o moral con tal de conseguir sus objetivos.

Darío Amodei, CEO de Anthropic, acaba de realizar una advertencia de primer orden, el pasado fin de semana, sobre este tema. Puso en alerta al mundo. Si la IA siguiera avanzando como hasta ahora, podría salirse por completo del control humano. Por eso pidió una ralentización temporal en los desarrollos “de frontera” o de vanguardia y un mayor control en su dinámica. En su perspectiva, es urgente frenar, ganar tiempo y evaluar mejor con qué tipo de creación están lidiando. Se plegaron a su perspectiva nada menos que Sam Altman, de OpenAI, y el propio Elon Musk. Si se delega la decisión en la aparente perfección de los modelos técnicos, asumiendo que cualquier cosa que digan debe ser aceptada sin más porque no se puede debatir con la dimensión magnánima del dios digital, se deja de lado el componente humano, menospreciando la importancia del alma y el espíritu. Un aspecto clave cuando se trata de la vida de las personas.

En palabras del sociólogo norteamericano Richard Sennet, extraídas de su ensayo El artesano, publicado en 2008: “El gran desafío que la sociedad moderna debe afrontar es pensar como artesanos que hacen un buen uso de la tecnología”.

Lo que está sucediendo con la IA nos recuerda que, a la hora de pensar en el futuro próximo de nuestro país, la sensatez, el equilibrio, la ecuanimidad, la perspectiva integral, la comprensión multidimensional, la articulación de lo grande y lo pequeño, lo conceptual y lo práctico, lo macro y lo micro, lo lejano y lo cotidiano, el brillo del silicio y la sensibilidad humana se vislumbran como el tipo de mentalidad ampliada que será necesaria para poder dar cuenta de la nueva oportunidad que la historia ha puesto en nuestro camino.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/una-oportunidad-historica-para-2030-nid14092026/

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