Por qué El silencio de los inocentes sigue siendo la película de terror perfecta, 35 años después
De todas las grandes ganadoras de los premios Oscar, probablemente la más extraña sea la que, en estos días, cumple 35 años desde su estreno, ...
De todas las grandes ganadoras de los premios Oscar, probablemente la más extraña sea la que, en estos días, cumple 35 años desde su estreno, El silencio de los inocentes, de Jonathan Demme. Por las dudas —y porque merece revisión o descubrimiento—, la película se encuentra en Mubi, Paramount+ y MGM+. Ese ya es un dato: hay algunos títulos (El Padrino, Jurassic Park) que están en muchas, casi todas, las plataformas porque se las busca constantemente. Son verdaderos clásicos. Eso mismo pasa con El silencio... No porque no hubieran existido antes películas sobre asesinos seriales, por supuesto. Pero de algún modo es la definitiva, la referencia absoluta. Y posee una serie de características notables que la colocan en un lugar diferente del resto del cine de género —en este caso, el terror no sobrenatural— que merecen subrayarse. Pero sobre todo, porque es una gran película, una que satisface a cualquiera que la ve, sea o no amante del cine de sustos y suspenso.
En principio, están las novelas de Thomas Harris. El escritor, como muchos creadores de best sellers (y no solo en los EE.UU.), comenzó como periodista en la década de los sesenta haciendo policiales para la Associated Press. Y conoció a los tipos que inventaron la profesión de “perfiladores” de asesinos seriales, Robert Ressler y John E. Douglas, que fueron la inspiración para la trunca serie de David Fincher, Mindhunter. Vio el desarrollo de las técnicas y los recursos que se crearon para comprender a seres como Ed Gein, el papá de todos estos monstruos. Gein, dicho sea de paso, asesinó, usó cuerpos y embalsamó a su madre, y fue la inspiración de Psicosis, El loco de la motosierra y, sí, el modelo del “Buffalo Bill” de El silencio... (entre otros muchos personajes). Harris no solo conoció de primera mano estas historias, sino que en un reportaje realizado en una cárcel conoció a un médico muy refinado y culto al que llama “Dr. Salazar” que era, en realidad, el mexicano Alfredo Ballí Treviño. De enorme amabilidad, a los 28 años Ballí Treviño había asesinado, tras una discusión por dinero, a su amante de 20. Lo desangró con total cuidado, lo desmembró prolijamente y lo enterró. Bueno, tan precavido no fue, de todos modos: lo pescaron a los pocos días. A Harris lo sorprendió el contraste entre el hombre que conoció y alguien capaz de esa terrible, sobrenatural violencia y frialdad, las características que definirían a Lecter. Sobre el médico (último condenado a muerte en México, con la pena conmutada por 20 años de prisión y de la que salió para volverse casi un filántropo) hay mucho que contar. Pero es otra historia.
Lecter apareció por primera vez en la segunda novela de Harris, Dragón rojo, que más que una precuela es una especie de ensayo de El silencio..., en el que el primero en capturar a Lecter, un perfilador del FBI retirado, debe volver al ruedo para atrapar a otro asesino, y quien le da las pistas es nuestro caníbal favorito. En el cine, fue primero interpretado por Brian Cox, aunque el personaje se llama Lecktor (asuntos de derechos con el nombre del personaje...), y la película es el excelente thriller de Michael Mann, Manhunter (Cazador de hombres, sin estreno comercial en la Argentina, quizás alguna vez en alguna plataforma, muy pasada por el cable). Pero el camino de El silencio... a la pantalla, a pesar de que Manhunter fue un moderado éxito, fue más complejo. El primero en tener los derechos de la película y desarrollar un guion fue un proyecto personalísimo nada menos que de Gene Hackman. El actor de La conversación estaba enamorado del texto y tenía decidido no solo interpretar a Lecter sino también dirigir la película. Pero cuando tuvo un primer guion, la violencia de la historia lo disuadió de hacerlo. En realidad, el rumor es que su hija le dijo que un personaje así podía acabar con su carrera. Sea como fuere, ahí había un guion, un proyecto y un montón de dinero esperando ser aprovechado por alguien.
Entra Jonathan Demme, pero por motivos un poco extraños. El realizador venía de hacer dos comedias con algo de humor negro: Totalmente salvaje (con Melanie Griffith y Jeff Daniels) y la sátira Casada con la mafia, vehículo para una Michelle Pfeiffer con peluca morocha. Pero además tenía en su haber una obra maestra del documental y todavía hoy el mejor recital filmado de la historia, Stop Making Sense, sobre los Talking Heads. De hecho, Demme siempre había tenido un pie en el documental con contenido social o político (Swimming to Cambodia, Cousin Bobby, The Agronomist) y siguió con el mundo del rock y el pop (sus trabajos sobre Neil Young y Justin Timberlake, además de su última película, la bella Ricki and the Flash, con Meryl Streep cantando rock). Es decir, nada que ver con un realizador de thrillers. El hombre quería en ese momento filmar otra comedia ambientada en el mundo de la música, pero los ejecutivos de la Orion le dijeron “sí, pero primero estás obligado a leer algo”. Ese “algo” era El silencio... Y a Demme le gustó. La razón: el film se concentraba en un personaje femenino muy fuerte. Y, de hecho, esa es la clave de toda la puesta en escena.
Qué actores querían... y qué actores finalmente aceptaronDemme no eligió a Jodie Foster: Foster quería desesperadamente el papel de Clarice Starling desde que leyó la novela, de la que era fanática y cuyos derechos quiso comprar hasta que apareció Hackman y se la sacó de las manos. Pero Demme primero pensó en Michelle Pfeiffer. Creía que era la película perfecta para que ganase el Oscar que siempre mereció. Pero Pfeiffer se horrorizó con el tema demasiado oscuro y truculento (pasaría a filmar Batman vuelve, y su Gatúbela es un capolavoro). Demme entonces probó a Foster y sí, era la indicada. El caso de Anthony Hopkins fue más complejo: el estudio quería a Sean Connery, que consideró la novela demasiado terrorífica y violenta. Alguien debería investigar si el problema de Connery, después de la interesante y fallida Zardoz, era con la fantasía o el horror: este es uno de sus dos grandes rechazos, el otro fue el de El señor de los anillos, donde le propusieron ser Gandalf. Descartado Connery, Demme optó por Hopkins por dos razones. La primera quería un actor que pareciera amable e inteligente, no un monstruo del cine de terror. Quería contraste y necesitaba esa amabilidad potencial dado el peso de la relación maestro-discípulo entre Lecter y Clarice. Y porque lo había visto actuar como científico en El hombre elefante. Hopkins aceptó. No solo aceptó: se preparó a conciencia para el rol.
¿Qué cosas hizo? En principio, y esto está en muchas entrevistas al intérprete, creó a su Lecter basándose en dos modelos. El primero, la Katharine Hepburn de comedias como La adorable revoltosa: el tono irónico y veloz viene directo de esa joya de Howard Hawks. El segundo, la impersonal, terrible, gélida computadora HAL 9000 de 2001: Una odisea espacial. Pero hizo dos cosas más: la primera, practicar meses hasta desarrollar una manera de mirar a la cámara sin parpadear, uno de los elementos más perturbadores de su personaje. El segundo, convencer a los vestuaristas de llevar vestimenta blanca, aunque en las cárceles suele ser amarilla o naranja. Su argumento: la gente teme inconscientemente a los médicos y, sobre todo, a los dentistas. Gran parte del aplauso a su trabajo proviene de haberlo dibujado a conciencia. Por cierto, el caníbal puede ser terrible (la secuencia de su huida es al mismo tiempo una joya de ingenio y puesta en escena como un gran chiste de humor negro), pero también fascinante. Todo mérito de Hopkins, que se come —no es broma— la película apareciendo sólo 16 minutos.
IncomunicadosEl rodaje careció de problemas, salvo algunos muy menores. Por ejemplo, la mariposa que se encuentra en la boca de una de las víctimas se hizo moldeando una gomita de caramelo con forma de osito. Por suerte se hizo más de una: la actriz que interpreta al cadáver se tragó una entre tomas. Es fama que Foster y Hopkins no se hablaron durante el rodaje. La primera se sentía muy atemorizada por el segundo cuando estaba en personaje y creía que Hopkins continuaba en él a la manera del “método”. Pero no: Hopkins se sentía intimidado por el talento de Foster y su reciente Oscar, creía que simplemente no le iba a dar bolilla. Se sinceraron al final del rodaje y se volvieron muy amigos desde entonces. De todos modos, Foster se asustó en serio con el gesto del labio que hace Hopkins al contar cómo devoró a un paciente: no estaba previsto en el guion. La película se terminó de rodar en tiempo y forma, con un Demme que potenció el punto de vista de una mujer acosada por las miradas de todos (ese es el punto central de la película: vean toda la secuencia inicial, vean cómo se la observa a Clarice en un ascensor lleno de hombres). Ese aspecto, totalmente novedoso y revolucionario para un thriller en 1991, cambió definitivamente el género y le permitió al director acercarse a los temas sociales que le interesaban, que aparecerían de otro modo en su película siguiente, Filadelfia.
Una decisión acertada y una quiebra inevitableEso sí, el film estaba terminado en 1989 y listo para estrenar. Pero resulta que Orion tenía otra película importante para estrenar en los cines: Danza con lobos. Como sabe el lector, el título original de la película de Demme es The Silence of the Lambs (El silencio de los corderos), y a un ejecutivo de la Orion le pareció poco feliz estrenar “lobos” y “corderos” en una misma temporada. Fue un acierto porque ambas películas le dieron a la firma el Oscar principal de 1990 y de 1991. El único detalle es que, cuando ganó el segundo, la Orion ya estaba en quiebra incluso si El silencio... se había convertido en el thriller de suspenso más exitoso y recaudador de la historia.
Y no solo eso. Hay nada más que tres films que se llevaron los cinco Oscar principales (película, director, actor, actriz y guion —original o adaptado—). Una es Lo que sucedió aquella noche, de Frank Capra, con Clark Gable y Claudette Colbert. Otra, Atrapado sin salida, con premios actorales para Jack Nicholson y Louise Fletcher. El tercero es El silencio de los inocentes, que además comparte con Lo que sucedió... representar a un género siempre despreciado en los premios. El silencio... es el único film de terror que ganó el premio; Lo que sucedió..., la única comedia pura y romántica. Pero si hoy es un clásico, si sus truculencias siguen funcionando hoy, se debe a una aproximación muy humana al material, a que todos los implicados decidieron que valía la pena. La máscara de Lecter, el “me encanta su vestido”, el monólogo sobre los corderos llorando en la noche, la cabeza de Mr. Raspail, el laberinto de la cárcel subterránea, el plan de escape de Lecter, el “tengo un amigo a cenar”, el uso impecable y sorprendente del montaje paralelo en la secuencia clave, la genial y poco reconocida interpretación de Ted Levine como Buffalo Bill, el juego a la Sherlock Holmes en clave de hemoglobina, los cameos de directores queridos por Demme como Roger Corman (maestro del horror de bajo presupuesto, y quien formó a Demme) o John Sayles (icono independiente, también guionista de Piraña y script doctor de Aliens y Terminator 2) transforman la película en un auténtico festín, para devorarlo con unas habas salteadas y un buen Chianti.