La caída de la ballena: una asfixiante aventura que destaca por su despliegue visual antes que por su profundidad dramática
La caída de la ballena (Whalefall, Estados Unidos/2026). Dirección: Brian Duffield. Guion: Brian Duffield, Daniel Krauss. Fotografía: Aaron Morton. Edición: Pietro Scalia. Elenco: Austin Abrams...
La caída de la ballena (Whalefall, Estados Unidos/2026). Dirección: Brian Duffield. Guion: Brian Duffield, Daniel Krauss. Fotografía: Aaron Morton. Edición: Pietro Scalia. Elenco: Austin Abrams, Josh Brolin, Elizabeth Shue, John Ortiz, Emily Rudd, Jane Levy. Calificación: No disponible. Distribuidora: Fox/Disney. Duración: 106 minutos. Nuestra opinión: buena.
Basada en el libro de Daniel Krauss, amalgama entre la literatura científica y la narrativa de supervivencia, La caída de la ballena intenta trasladar al lenguaje cinematográfico la experiencia imaginativa del duelo en el límite de la propia muerte. Lógicamente, el buceo interior del joven Jay Gardiner (Austin Abrams) luego de la muerte de su padre, una leyenda del buceo en la región de Monastery Beach, en California, se replica en la materialidad de su peripecia oceánica por hallar sentido a ese complejo legado paterno. Y en el cine las palabras son acciones -junto a una didáctica voz en off-, y las ambigüedades de la memoria se plasman en la literalidad de las imágenes, haciendo de Jay un solitario orador y de la ballena, un monstruo en permanente deglución.
El título refiere a una de las múltiples enseñanzas que el veterano Mitt Gardiner (Josh Brolin) legó a su hijo. La caída del cadáver de una ballena en el fondo del océano crea un variado ecosistema, peces que comen su carne, crustáceos que consumen su esqueleto, miles de formas de vida que surgen de esa muerte. Esa máxima sobre la naturaleza y su constante transformación habita como una especie de moraleja ante las artificialidades de la vida moderna que parecen tentar a Jay, y el padre se convierte en una presencia constante, ya sea como medida para cada decisión vital de su hijo o como modelo de instrucción para una inevitable supervivencia.
El preámbulo de la película -después del primer destello sobre la despedida de Mitt en sus propios términos-, es el regreso de Jay al hogar, luego de un año de aquella desaparición que dejó apenas una carta y un ataúd vacío. Jay comparte con cierta distancia los recuerdos de su madre y hermanas, se niega a visitar el cementerio, las pesadillas lo atormentan por las noches. Rescatar los restos de su padre del océano es el puntapié para la aventura, un artilugio algo subrayado en la voz interior del personaje que explica el porqué de la temeraria decisión. Más allá de esos condicionantes, lo que sigue es el viaje al interior del mar, de la ballena y de una experiencia que sustituye la fantasía catártica del duelo literario por la exposición visual de las vísceras de un cachalote en el que Jay intenta encontrar la salida espiritual a su pérdida, y la literal a su agonía.
El atractivo de La caída de la ballena está en ese límite en el que el espectador pueda soportar el encierro digital, que quizás dista en su misma materialidad de otras películas de supervivencia de la era analógica. Aquí las imágenes son tan cercanas como inmersivas: ¿estamos en el aparato digestivo de una ballena o ante un decorado que simula secreciones gástricas y residuos de alimentación crustácea? La experiencia se despliega en las danzas acuáticas de los cachalotes en solidaridad por un ataque de orcas o en la vertiginosa inmersión en las profundidades luego de que Jay intente provocar el vómito del animal.
No hay demasiada profundidad dramática ni complejidad en el recorrido espiritual de Jay sino una serie de sensaciones que se trasladan al espectador, acunadas por un monólogo interior fragmentado en flashbacks y recuerdos reveladores. Para el director Brian Duffield (Nadie podrá salvarte), la preocupación por el realismo que animó al escritor -¿es posible que un ser humano sobreviva en el estómago de un cachalote?- puede socorrer al espectador ante sus primeros signos de incredulidad, pero se necesita del cine para dar el salto al abismo. Lo consigue en la factura técnica del entretenimiento, aún con las limitaciones del trajinado conflicto entre padre e hijo que nunca despega de lo esperado.