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Juan Diego Flórez: de Pavarotti, quien lo eligió como su sucesor a la decisión que tomó para compartir más tiempo en familia

Una sola frase bastaría para presentar a Juan Diego Flórez en la magnitud de su talento. Una frase que, en su despedida de los escenarios, el más grande tenor del siglo, Luciano Pavarotti, pronu...

Una sola frase bastaría para presentar a Juan Diego Flórez en la magnitud de su talento. Una frase que, en su despedida de los escenarios, el más grande tenor del siglo, Luciano Pavarotti, pronunció hace casi 25 años acerca de un cantante joven con una voz de oro: “Si yo tuviera que elegir a mi sucesor —afirmó ‘Big Luciano’ en una conferencia de prensa —, ese sería Juan Diego Flórez”.

De modo que, por su repertorio de tenor lírico-ligero, por su esplendor vocal y las exquisitas cualidades de su canto, Flórez quedó asociado ineludiblemente a su figura. Ser nombrado por el propio Pavarotti nada menos que como su sucesor, lo ubicó en un sitio de altísima exposición y a la vez responsabilidad. A ese vínculo quiso el destino sumarle otro fuerte lazo: la ciudad de Pésaro, patria del célebre Gioachino Rossini, sobre el Mar Adriático, en cuyas colinas el legendario tenor tenía la famosa residencia de verano en la que vivió sus mejores momentos. Y donde transcurre, en la misma estación, el prestigioso Festival Rossini en el que —hace exactamente tres décadas—, Juan Diego Flórez comenzaba su extraordinaria trayectoria.

Celebrando ese aniversario —treinta años de carrera al más alto nivel internacional—, el reconocido tenor peruano regresa a la Argentina para ofrecer un recital junto al pianista Vincenzo Scalera, este martes en el Teatro Colón para el ciclo Grandes Intérpretes. Sobre las particularidades de su voz, la vida operística y su más caro proyecto personal (la organización Sinfonía por el Perú para formar niños en situación vulnerable a través de la música en un sistema orquestal) dialogó con LA NACION.

–Con tantos años de carrera, ¿por qué motivo nunca has cantado una ópera en el Teatro Colón? ¿Qué título te gustaría si algún día lo hicieras?

–Es algo que me gustaría concretar en el futuro. Es una ilusión porque hemos hablado en tantas oportunidades. Nunca se pudo dar pero no por las condiciones sino por cuestiones de calendario, que es la cosa más complicada para los cantantes, porque las óperas se preparan con mucha anticipación. En los teatros principales se programan con cuatro y hasta cinco años. A eso le sumo la cantidad de conciertos que hago en el año y mi familia. Son demasiados factores para armonizar. De venir en el futuro me gustaría hacer un Romeo y Julieta, un Rigoletto...

–¿Cómo está evolucionando y dónde se ubica tu voz ideal en este momento?

–Más que evolucionar, yo creo que la voz cambia. Entonces se presentan factores que antes no existían y eso —si has mantenido una buena técnica y salud vocal, y si la voz sigue siendo fresca—, te permite abordar personajes nuevos. Por esa razón he podido debutar en estos últimos años con mucha ópera francesa: Fausto, Romeo y Julieta, Manon, Werther, Pescadores de perlas, Los Cuentos de Hoffmann, también La Traviata de Verdi… Un nuevo mundo de la ópera que jamás pensé que iba cantar y sin embargo lo estoy haciendo.

–¿Por qué lo creías imposible teniendo de modelo a grandes referentes de tu cuerda?

–Nunca pensé que podría cantar Werther porque mi voz era más belcantista, bastante ligera y pensé que me iba a quedar allí. Pero la voz va cambiando, vas probando y las cosas de repente resultan cómodas. He seguido en el belcanto porque me fascina ¡Acabo de hacer una Fille du régiment en Londres! Cuando me lo ofrecieron hace cuatro años pensé: “¿Voy a poder?“. Y la hice con facilidad, lo cual es gratificante porque implica que puedo seguir cantando una ópera de juventud y hacerla bien. En 2024 hice una ópera completa de Rossini, Ermione, en el Rossini Festival, que es bastante difícil, y la canté muy bien. O sea que todavía pudo sostener el belcanto. No con la misma facilidad en Rossini, claro, porque la coloratura ya no es tan rápida como cuando tenía 20 años. Puedo hacer un Romeo y Julieta mientras todavía canto una Anna Bolena en La Scala. Es decir: óperas románticas mientras sigo con el belcanto. Es un privilegio que me permite volver a mis raíces e incorporar personajes nuevos.

–¿Cuáles de esos factores que modifican la voz son los más determinantes y en qué medida el cantante puede controlar ese cambio?

–Antes que nada, lo fundamental es mantener la esencia y naturalidad del canto. Sigo siendo un tenor lírico-ligero como antes era un tenor lírico-ligero (risas). Antes era más ligero y ahora más lírico. Pero siempre un lírico-ligero y eso es bueno porque si el cambio fuese muy grande, allí habría que preguntarse por qué, qué ha pasado en la voz para que ya no puedas con ciertas cosas. El cambio en las voces se basa en los años. Por eso hablo de cambio y no de evolución. Pero también se adquieren cosas que al oído resultan muy buenas: la voz se llena de color en el centro, por ejemplo. Puedes cantar en el centro y dar una expresión que antes no tenías porque allí había una liviandad que no daba para un Werther que requiere cuerpo, color y expresión. Es decir, sin ser completamente diferente, ni dejar de reconocer el timbre y contando con una voz fresca, el cambio es bueno. Todas las voces desde los 35 años en adelante, empiezan a notar diferencias. Y el cantante tiene que tener la inteligencia para ajustar su técnica cuando esas mutaciones llegan y lo hacen sin aviso. De golpe: “¡Uy, esa nota ya no es como era!“. Esto pasa constantemente. Hay que estar moviendo las fibras internas y reacomodarse a una nueva solución. Y muchas carreras se quedan a mitad de camino porque justamente no encuentran la solución técnica para su voz.

–¿Alguna vez sentiste angustia frente a esas mutaciones, o temor hasta encontrar la respuesta técnica satisfactoria?

–Siempre me ha apasionado el estudio y el trabajo solo conmigo mismo hasta encontrar la solución. Sí me ha pasado con algunas óperas de Rossini hace años donde ya no encontraba lo mismo y las cosas no salían igual. Antes iba sin ensayos y ¡Bum! Salía todo. Ahora para lograr eso mismo, en Rossini sobre todo, que tiene óperas tan difíciles y expuestas, me tengo que preparar muchísimo más. En general no he vivido momentos de pánico. Cuando abordo óperas o arias de Rossini, como ahora en el Colón, las preparo a fondo y sé bien cómo hacerlas. De manera que mientras sea un placer cantarlas, lo seguiré haciendo. Mientras suene bien y lo haga dignamente, y el público me quiera escuchar, voy a seguir cantando porque es lo que disfruto: subir al escenario y sentir ¡qué bien que me lo paso aquí!

–En tu recital vas a incluir Rossini. ¿Qué podés decirnos de la dificultad, de la preparación y de otras particularidades del programa?

–La primera parte es bastante belcantista. Empieza con una aria de concierto de Mozart sumamente difícil. Bellísima, con frases largas y pinceladas de mucho cuidado y expresión. Después, dos canciones de Rossini y “La speranza più soave” de Semiramide, aria famosa por su dificultad, la cantidad de coloratura y sobreagudos (pueden escucharla en la grabación de una gala del Met donde la canté con coro y está en YouTube). Otra que me gusta es “La furtiva lagrima” de Donizetti, muy conocida pero no fácil porque tiene frases muy largas. “Ed ancor la tremenda porta”, de la ópera Roberto Devereux, muy belcantista lo tiene todo: velocidad, agudos y emoción. Es un aria de Donizetti que se conoce poco pero tiene enorme efecto. Una segunda parte más relajada con piezas de zarzuela y canciones francesas. “L’amour…Ah, lève-toi, soleil!”, cantada en el tono original de si natural, porque normalmente la cantan medio tono abajo, en Si bemol. “Dal più remoto esilio” de I Due Foscari, un aria larga y complicada de Verdi muy espectacular, donde termina el concierto.

–Tendrás tu tradicional guitarra…

–(Risas) ¡Sí, claro! No puedo evitarlo porque el público lo espera. Esto en realidad empezó cuando me pidieron cantar algo especial en una celebración. La gente fue corriendo la voz hasta que los teatros empezaron a pedírmelo y quedó como tradición. Ya no me dejan cantar un recital sin ese momento que además disfruto tanto.

–¿Has experimentado una sensación de rutina o pérdida del entusiasmo frente a ciertos personajes e historias con tantos años de éxito cantando roles icónicos que te piden una y otra vez?

–Al comienzo de mi carrera cantaba muchos Barberos y Cenerentolas… Y sí, allí quizás tenía esa sensación de la rutina. Esas óperas me las sabía como el Padre nuestro, no solo mis partes sino las de todos los demás roles. Casi en la mitad de mi carrera empecé a abordar otros repertorios y la verdad es que no canto tantas óperas ni voy a tantos teatros. Hay obras con las que debuté hace años y no las he cantado muchas veces. Con Los pescadores de perlas debuté en 2012 en Viena y me decían: “¡Cuántos Pescadores habrás cantado! ¿Cien?“. No. Es la segunda vez que la hago. Manon de Massenet la canté una sola vez. Hoffmann lo habré cantado tres veces, Fausto dos. No es mucho. Lo que pasa es que he cantado muchísimas óperas que no repetí.

–¿Porque sos selectivo a la hora de aceptar las producciones, la estética, los elencos, los directores o los teatros donde actuás?

–Porque me gusta mucho estar con mi familia en casa y he decidido no viajar tan lejos para hacer ópera. Desde la última Traviata de 2018 ya no hago producciones en el Met porque implica estar mucho tiempo lejos. Prácticamente canto solo en Milán, Viena y Londres y no todos los años. Sí en cambio viajo para conciertos porque me permiten ir y venir en pocos días. Para la ópera hay que contar muchas semanas de ensayos y funciones, y seguramente en el futuro lo retome cuando mis hijos sean más grandes, pero por ahora canto en muy pocos teatros. Eso me aleja de la rutina y permite que cada que vez que subo a un escenario lo haga con toda la pasión y las ganas de cantar.

–En esta gira se suma a la celebración del 30º aniversario de tu carrera el 15º de Sinfonía por el Perú, un proyecto con el que, además de la satisfacción a nivel humano, dejás una huella profunda y trascendente en tu país. ¿Cuál fue la chispa que encendió la idea?

–La chispa se encendió cuando conocí El Sistema de Venezuela de donde salió Gustavo Dudamel. Iba a hacer un concierto con él en Caracas, entonces aproveché para visitar la organización. Y tanto me impresionó que decidí hacer lo mismo en Perú. Lo fundé en el año 2011. El capital humano es muy importante y lo que aporta la música al desarrollo integral de los chicos es incalculable por ejemplo aprendiendo a tocar juntos. Varios estudios demuestran ese efecto positivo y transformador. Por eso, la coincidencia de ambas celebraciones —mis 30 años de carrera y los 15 de Sinfonía por el Perú— tiene un gran valor para mí. Son más de 6500 niños y 35.000 beneficiarios de poblaciones vulnerables a los que la música les da la oportunidad de creer en ellos mismos y de superarse en todo sentido.

Para Agendar

Ciclo de Grandes Intérpretes. Recital de Juan Diego Flórez (tenor) con acompañamiento de Vincenzo Scalera (piano). Programa: Obras de Mozart, Rossini, Donizetti, Lalo, Gounod y Verdi entre otros. Martes 22, a las 20, en el Teatro Colón

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/juan-diego-florez-de-pavarotti-quien-lo-eligio-como-su-sucesor-a-la-decision-que-tomo-para-compartir-nid21092026/

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