Indio Solari: los comienzos de Los Redondos y la intensa etapa en el under
El cantante era raro por parecer demasiado normal. Lo que entonces para un adolescente entrenado en la semiótica de las subculturas y la moda se podría resumir en una marca que denotaba el estilo...
El cantante era raro por parecer demasiado normal. Lo que entonces para un adolescente entrenado en la semiótica de las subculturas y la moda se podría resumir en una marca que denotaba el estilo de no tenerlo: “Angelo Paolo”. Pero ese prêt-à-porter como de un personaje de Luis Brandoni en el cine argentino de principios de los 80 no resultaba tan inadecuado si se hubiera tenido en cuenta que antes de hacerse conocer por el público como “Indio”, a Carlos Solari le tocaba en la troupe dadaísta que era Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota el rol de “Astronauta Italiano”.
Así se había presentado con un overol blanco y una gorra en agosto de 1978 en un teatro del microcentro (Cerrito 228), entonces llamado Centro de Arte y Música, que antes se había llamado Periscopio y después sería conocido como el Teatro del Plata. Patricio Rey sus Redonditos de Ricota venían desde La Plata para dar sus dos primeros shows en Buenos Aires, cuya escena parecía hipnotizada por el virtuosismo del jazz-rock. Tenían reservadas las noches del 18 y 19 de agosto. La segunda fue cancelada por el mismo dueño del teatro que había quedado demudado con el “espectáculo”. Esto no se parecía en nada a los recitales que programaba sino que era la invitación a una especie de bacanal dionisíaca.
El plan aparecía dispuesto en los panfletos mimeografiados que Poli se había encargado de repartir por los bares que cobijaban a la mínima bohemia disidente desperdigada en el sistema de la avenida Corrientes. Quienes lo recibieron leyeron allí un mensaje cifrado: “(…) Nos llaman delincuentes peligrosos, marginales recalcitrantes, y cerebro de bosta porque nos gusta el rock. Pero los estúpidos saben bien que los escuchamos a ustedes una y otra vez hasta reventar en nuestros pequeños casettes con grabaciones piratas de tus infernales conciertos (…)”. El panfleto anunciaba “Bienvenida a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota con motivo de su próxima actuación en Buenos Aires”.
Las fotografías que quedaron del show del 18 muestran escenas de una libertad inusual para un escenario porteño. Más cercanas a un happening ditelliano circa 1966 o a las de la adaptación teatral de la tragedia griega El Plauto que, en 1977, antes de partir al exilio en España, había dirigido Roberto Villanueva muy cerca de allí en el Teatro Estrellas. Cuatro horas de funciones que terminaban en una especie de ritual que se rescataba del rigor de la dictadura. Un espacio autónomo, tal como el que habían empezado a delimitar Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota con sus “Lozanazos” en La Plata desde 1975.
El panfleto volvió a repartirse en la entrada del teatro la segunda noche para el público que no pudo verlos. Al original se le había agregado una addenda con birome a modo de explicación. En mayúsculas. “Como era de suponer, el concierto de Patricio del día 19 ha sido levantado porque el teatro no lo pudo soportar. Patricio lamenta que su público no pueda escucharlo por ser lo que es”. Y debajo, a modo de firma, más grande todavía, cruzado (como el Zorro) “Volverán”. Vaya si lo hicieron.
El panfleto devino cassette, demo, cuatro años después cuando la troupe ya empezaba a hacerse conocer en el circuitos de pubs como Los Redonditos de Ricota. Sonaban en dos programas elegidos con precisión quirúrgica: 9 PM, conducido por Lalo Mir y El submarino amarillo, radio-arte a cargo de Tom Lupo.
La voz era rara, no se parecía en nada a todo lo que se había escuchado en el hi fi Sansei ni en el radiograbador Nippon con su vúmetros de abstracción geométrica titilante. Cuando en la noche Lalo Mir pasaba “Superlógico”, era como sacar un ticket a otro mundo. Eso de “el club de Mantis muy nervioso está” con un coro de muchachas a contrapunto y una guitarra que se espejaba en la de Dire Straits (a los “Sultanes del ritmo”, la troupe había respondido con El Sultán, a cargo de los monólogos) anunciaba el sexo que todavía no había llegado (o vaya a saber qué).
El grano de la voz que se había escuchado por la radio y frente a la que ahora, una noche de 1984 en un pub llamado El Depósito en San Telmo, traía encriptada toda la información con la que se había construido el edificio de la contracultura. Era así de agudo y lúcido y si mirarlo confundía por negar el esterotipo de un cantante de rock, escucharlo era experimentar la frontera entre el placer y el dolor. Habíamos visto el monólogo absurdo de Enrique Symns, bailarinas casi desnudas, todo era mucho, demasiado para una sola noche. Pero oír desde muy cerca del sistema de sonido aquello de “Te voy a atornillar, te voy a herir un poquito más”, se llevaba la frutilla del postre de la experiencia de ver a Los Redondos en su tránsito under. ¿Había que sentir miedo, asco, placer? ¿Era la voz de un psicópata o el exorcismo de la represión parapolicial?
El mensaje de la voz encarnada en un “astronauta italiano” que ahora, esa noche en El Depósito, confundía por su aspecto tan cotidiano era la clave del gran estilo siniestro, como él mismo lo describiría en Oktubre, dos años después.
La voz de una genealogía de la poesía argentina inyectada por los nervios de la electricidad rockera, de la psicodelia a la new wave: el impar estilo Gelman Metal del Indio Solari.
De todo eso, ahora, 2026, nada más queda.