Fue presidente de Ferro y recuperó un clásico del barrio de su infancia
Más allá del boom inmobiliario, la parte norte de Caballito logra lo más difícil: seguir siendo un barrio de baja altura, calles empedradas y árboles que regalan sombra a las veredas. En esas ...
Más allá del boom inmobiliario, la parte norte de Caballito logra lo más difícil: seguir siendo un barrio de baja altura, calles empedradas y árboles que regalan sombra a las veredas. En esas pocas manzanas que van del Cid Campeador a Plaza Irlanda, entre las vías del ferrocarril y la avenida Gaona, resisten casas centenarias, panaderías y heladerías históricas, pasajes angostos y encantadores, talleres mecánicos y la imponente basílica Nuestra Señora de Buenos Aires. Es ahí, en un cruce de seis esquinas, donde -a modo de recordatorio vintage- sorprende un antiguo buzón de correos hecho con hierro fundido y pintado de rojo furioso. A su lado está el bar El Viejo Buzón, un ícono del barrio que acaba de reabrir tras un año de reformas, renovado en apariencia, pero con espíritu intacto. “Nuestra misión es defender una historia, una identidad que tiene que ver con lo que somos”, cuenta Felipe “Toto” Evangelista. “Todavía no llegamos siquiera a hacer una fiesta de inauguración. La idea era arrancar con bajo perfil, en voz baja, tranquilos, pero enseguida se llenó de vecinos que nos estaban esperando”.
-Para muchos, Caballito es el cruce comercial de Acoyte y Rivadavia, pero acá se respira un aire más tranquilo.
-Caballito tiene 200.000 habitantes, pero esta parte es como un pueblo, con muchos vecinos que estamos de toda la vida. Es un barrio que sabe pelear su identidad, defender su patrimonio. Te doy un ejemplo: en el proceso de remodelar el bar, se llevaron el buzón para restaurarlo. Enseguida los vecinos vinieron a verme, estaban furiosos, no entendían qué había pasado. Son símbolos que importan mucho. Seguro que, cuando yo nací, mi papá habrá despachado en ese mismo buzón las cartas para avisar de las buenas noticias a la familia en Italia. ¡Imaginate si no nos va a importar!
-¿Cómo es la historia de El Viejo Buzón?
-En esta esquina hubo primero una panadería, luego una fiambrería. Mi papá tenía su taller justo al lado, en Neuquén 1080, él era soldador y trabajaba la hojalata. Yo pasaba por acá todo el tiempo. La barra del bar está hecha con el banco de trabajo de mi papá. La idea de abrir esto fue mía, para que trabaje mi hermano, Carlos Alberto. El lugar lo abrimos en 1987, primero lo manejó él, luego mi hermana, pero ambos ya fallecieron. Y desde 2012 estoy a cargo.
-El lugar está lleno de remeras, fotos y guiños al club Ferrocarril Oeste…
-Es que Caballito, sin la cancha, no es Caballito. Es el club que fue campeón, que fue premiado por la Unesco, que tiene 8000 chicos en deportes federados y otros tantos en deportes recreativos. Mi hermano era muy querido en la cancha, le decían “Tablón”. Era todo un personaje, a mí me llamaban “el hermano de Tablón”. Era un bohemio que convirtió a este bar en un centro cultural del barrio, en un canto bar, acá cantó por primera vez el Mono Burgos, se hicieron concursos de pintura, shows de tango. El Viejo Buzón era el boliche de moda, venía Araceli González, venían todos los jugadores de fútbol, el “Ratón” Ayala, Alejandro Mancuso, también los juveniles de Ferro: la pensión donde dormían quedaba a dos cuadras, y como muchos de los chicos venían de pueblo, se sentían protegidos en el ambiente familiar del bar.
-Vos también tenés una historia en el club.
-Claro, yo fui presidente de Ferro entre 1993 y 1996. Soy hincha desde siempre, me gusta decir que pasé de la tribuna al sillón. Y cuando estuve al mando, nunca descendimos; si lo hubiéramos hecho, no podría estar acá. El fútbol es complicado porque lo que se administran son sentimientos. Como decía Grondona, en el fútbol hay arcos, y eso es lo difícil. Y aún así yo puedo caminar por el barrio, todos saben cómo entré y cómo salí del club, me conocen. En mi vida tuve momentos de mucho éxito y otros muy malos. Hoy me queda este bar.
-¿Cómo decidiste esta remodelación?
-Me asocié con gente que me ayudó a modernizar el espacio sin perder su espíritu. Al bar le iba bien, estábamos llenos, pero yo venía cansado. Lo conocí a Palbo Durán, el presidente de la Cámara de Cafés y Bares de la Ciudad de Buenos Aires, y a Diego Pasquale, son personas que tienen un impulso tremendo para revivir las costumbres porteñas, los bares notables. Es gente a la que se les debe agradecer mucho por recuperar espacios olvidados o deteriorados. Me junté con ellos, cerramos un año y un mes para la obra, y ahora volvimos a abrir.
-¿Qué cambió y qué se mantuvo?
-Hubo cambios estructurales, cosas que hacían falta. La cocina, los equipos, la extracción, los baños, la pintura. Pero el lugar es el de siempre. El piso calcáreo está intacto: este damero es una de las primeras cosas que vieron los inspectores en 2014 cuando nos nombraron Bar Notable. También cambiamos la barra de lugar, la restauramos y agrandamos, pero sigue siendo la que se construyó con el banco de trabajo de mi papá. También están colgadas las camisetas, las fotos que teníamos, son íconos para nosotros, recuerdos de quienes pasaron por estas puertas. Hay lugares que tienen duendes, que tienen magia, y eso no se fue con la remodelación.
-También se mantiene la vida cultural del bar…
-Tenemos noches de música en vivo, hacemos actividades sociales. Yo creo que todo bar de barrio tiene que ser un poco un centro cultural. Por eso también abrimos todo el día: venís a la mañana o tarde de noche y hay comida, eso ayuda a que te conviertas en un habitué. Ahora estamos terminando un mural en la caja de la escalera que va a los baños que va a llamar mucho la atención: simula el túnel a la vieja cancha de Ferro, y ahí estará Carlos Timoteo Griguol con todos los jugadores que nos llevaron al campeonato.
-¿Y respecto al menú?
-Siguen estando algunos de los platos que teníamos, como las milanesas para compartir, los platos de olla perfectos para el invierno, las lentejas, el locro en las fiestas patrias, el mondongo. Y hay muchas cosas más, croquetas, empanadas fritas, las picadas, el jamón curado por 18 meses, el bife de chorizo ferroviario, que sale genial. Hay café, medialunas, triolet, vermut, vinos, sándwiches, rabas, embutidos, minutas.
-Más allá de la nostalgia, también Caballito Norte está cambiando, con nuevos restaurantes y cafeterías…
-Y me encanta. Cuando era chico, me daba bronca porque en materia de tango, todos mencionaban a Flores, al Abasto, a Boedo, pero acá también tuvimos artistas, acá vino Susana Rinaldi y le cantamos un tango que escribí yo. Siempre fui fanatico de mi barrio y de Ferro, y me alegra que pasen cosas nuevas. En Caballito nacieron Charly y Nito, es decir, Sui Géneris nació acá. Con la inauguración del Museo Perlotti, que está acá a dos cuadras, se están mudando muchos artistas plásticos a estas calles. Toda la movida del trap y del rap es bien de Parque Rivadavia. Yo siempre escribí letras y poemas relacionados a lo porteño, y me da alegría ver que los chicos encuentran hoy su propia manera de narrar su actualidad. Y, luego, como decís, está toda la movida gastronómica. Yo sé que puedo ser un poco nostálgico, pero más que nada, soy hincha del barrio, y lo que está pasando es una muestra de que Caballito crece. Lo importante es modernizarse sin perder la esencia.
-En esta escena nueva, ¿qué tiene para sumar El Viejo Buzón?
-Cada barrio tiene sus historias. Yo hoy soy uno de los sobrevivientes, para los jóvenes soy un viejo que vivió esa historia, que vio al barrio festejar el carnaval, que jugó a la pelota en la calle, que era parte de “la barra de la esquina”, la que se juntaba en Neuquén y Espinosa, antes de ir al bar. Y conmigo tienen la posibilidad de escuchar esto en primera persona, eso no es tan común. En otros bares, te cuentan sobre gente que ya no está. Acá, sigo al frente.
-Lo último: ¿es más difícil manejar un bar o un club de fútbol?
-Sin dudas, un club de fútbol. Es que el bar no tiene arcos…