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En los grandes velorios siempre hay política

En un país habituado a la apropiación facciosa de los grandes velorios, a muertos ilustres convertidos en monedas de cambio cuyos restos llegan a ser negociados unos contra otros, incluso a que l...

En un país habituado a la apropiación facciosa de los grandes velorios, a muertos ilustres convertidos en monedas de cambio cuyos restos llegan a ser negociados unos contra otros, incluso a que la historia se dinamice a partir de finitudes y mármoles, sería absurdo pretender que el imponente funeral del fin de semana pasado no reciba lecturas políticas.

Es cierto que el Indio Solari no pertenecía a la categoría de expresidente o de líder opositor, pero su esencia de artista contracultural seguramente hizo que el posicionamiento ideológico fuera aún más relevante que los de otros grandes ídolos no políticos nada ajenos a la política, como Gardel, que grabó un tango celebratorio del golpe de 1930, o como Maradona, quien en su brazo derecho llevaba tatuado al Che Guevara.

Sin embargo, el tema acá no sería tanto la figura del convocante, el artífice del oxímoron letras crípticas populares, sino los convocados cuyo desfile interminable causó probablemente más impresión que la misma muerte sorpresiva del ídolo. Hay que recordar que la memoria genética argentina está marcada a fuego por una manifestación de dimensiones y composición inesperadas, el big bang del escenario político moderno, la Plaza de Mayo del 17 de octubre de 1945, quintaesencia de un subsuelo social que nadie había visto antes y que de repente, un miércoles cualquiera, sale a la superficie. Desde entonces toda gran multitud imprevista a la que cueste catalogar genera algún sobresalto político. Es un reflejo histórico fisiológico seguramente inconsciente. Cuanto menos, hoy incita preguntas descarnadas: toda esta gente conmocionada, dolorida, estremecida, autoreferenciada como ricotera, dispuesta a peregrinar a Avellaneda bajo la lluvia y pasar horas y horas en fila para darle el último adiós al mítico, misterioso rockero, eventual antisistema, anarcoperonista sugerido, partidario explícito de “Cristina libre”, ¿por quién votará el año próximo? ¿Cuántos son?

Pongamos el fenómeno a la luz de la historia. Muchos jóvenes quizás piensan que la discusión que se hizo pública sobre dónde velar al Indio Solari y la negativa del gobierno a habilitar el Congreso es novedosa. Pero casi se trata de un clásico.

Los rosistas quisieron organizar honras fúnebres en la Catedral en 1877 luego de que Rosas murió en Southampton (tras pasar un cuarto de siglo en Inglaterra, más o menos el mismo lapso que estuvo San Martín en Europa antes de morir en Francia), pero los gobernantes, mitristas y alsinistas, no lo permitieron. Sarmiento, fallecido en 1888 en Asunción, no padeció rechazos gubernamentales pero sí el de la iglesia católica. Luego de la repatriación de los restos no fueron autorizados velorios ni honores religiosos a quien había impulsado la enseñanza laica.

Si es por multitudes que sorprendieron por su envergadura, el primer caso también sucedió en un funeral: año 1933, cuando murió Yrigoyen. Se produjo la concentración más grande de la historia hasta ese momento.

Con Leandro N. Alem, que se suicidó en 1896, el gobierno de José Evaristo Uriburu ofreció honores oficiales y quiso pagar el sepelio pero su hijo Leandro y su sobrino Hipólito Yrigoyen rechazaron todo. El velorio se hizo en la casa de Alem bajo enorme tensión política, porque la policía temía que la pena contagiada derivara en una nueva insurrección civil.

Si es por multitudes que sorprendieron por su envergadura, el primer caso también sucedió en un funeral: año 1933, cuando murió Yrigoyen. Se produjo la concentración más grande de la historia hasta ese momento.

Yrigoyen había sido derrocado en 1930 por el Ejército con considerable consenso civil después de una feroz campaña de desprestigio. Pasó casi un año y medio preso en Martín García y luego rechazó un indulto del dictador José Félix Uriburu. Sólo en sus funerales se estrenó como mártir de la democracia.

Noventa y tres años antes de que el gobierno mileísta rechazara el pedido (inspirado por Cristina Kirchner e impulsado por su hijo Máximo) para que el Indio Solari fuera velado en el Congreso, el gobierno de Agustín P. Justo le dio la misma respuesta al entorno de Yrigoyen. El dos veces presidente terminó velado durante tres días en su casa de la calle Sarmiento al 900. La gran cuestión en todo caso vino después, durante el entierro.

Aunque el primer líder de masas tenía aversión a las multitudes, esa vez no pudo opinar. En medio de un desborde absoluto se rompió todo protocolo. Delante de la policía impávida y contra los planes fúnebres de la familia la gente descartó la carroza tirada por caballos y llevó a pulso el féretro, que pasó de mano en mano en las cincuenta cuadras de recorrido hasta la Recoleta. Luego de que se obligara a retirarse a los granaderos enviados por el presidente Agustín P. Justo, la sepultura, que incluyó un encendido discurso del expresidente Marcelo T. de Alvear (y otro del joven radical Arturo Frondizi), se convirtió en un encendido acto contra el fraude patriótico.

Precisamente el siguiente velorio desbordado fue, en 1942, el de Alvear, que tuvo la singularidad de realizarse en la Casa Rosada, cedida por el mismo orden conservador que en la década anterior lo había proscripto. La tirantez quedó expuesta ni bien una multitud irrumpió por la fuerza y se llevó el cajón, que recorrió en andas las calles porteñas con consignas contra el régimen fraudulento hasta terminar en el panteón de la familia Alvear en Recoleta.

En el caso de Gardel, muerto en Colombia el 24 de junio de 1935, las peripecias fúnebres fueron tan largas como politizadas. Los restos de Gardel llegaron al cementerio de Chacarita -donde hoy permanecen- siete meses después del accidente de Medellín. Aunque por motivos bien distintos y no precisamente en forma secreta, el cadáver de Gardel terminó recorriendo 6 mil kilómetros más que el de Evita. Hizo en total 18 mil kilómetros: primero estuvo en el cementerio de San Pedro, en Medellín.

Después fue llevado a Panamá, Nueva York, Rio de Janeiro, Brasil y pasó por Montevideo, gira, si cabe el término, que no se realizó en avión sino en tren, lomo de burro, camión y barco. En cada escala se organizaba un velorio de varios días, todos muy concurridos.

Demoró en arribar a Buenos Aires porque ese fue el plan. La muerte de El Zorzal había coincidido con el debate parlamentario sobre las carnes, escándalo de corrupción que junto con el de la CHADE y el del Palomar marcó la que muchos -no ya la historiografía- siguen llamando Década Infame, la década signada por el Pacto Roca-Runciman. El 23 de julio se produjo en el Senado el asesinato de Enzo Bordabehere, quien recibió la bala que estaba destinada a su compañero de bancada Lisandro de la Torre. El general Justo, muy amigo de Natalio Botana, dueño de Crítica, combinó con éste un operativo distractor para paliar el daño a su imagen que el escándalo de las carnes y el magnicidio le estaban infligiendo.

Cuenta Helvio Botana en las memorias que básicamente se refieren a su padre y al diario que el culto a Gardel empezó en Europa y Estados Unidos. “Natalio lo comprendió: era el símbolo de la alegría, de la limpieza criolla adecuado para oponerlo a la hora de descrédito y decepción que sacudía a la República. Fríamente, como sólo ellos podían hacerlo, analizaron con el presidente Justo esa poderosa imagen positiva que el mundo nos devolvía. Fue así que a ocultas, sabia y tenazmente, aceleraron el culto a Gardel y desviaron la mirada de la opinión pública. El Estado puso su parte. Crítica, lo suyo”.

En la cúspide de la extendida euforia, Crítica, que estaba cerca de llegar a superar los 800 mil ejemplares diarios y era un deliberado actor político, propuso un mausoleo a Gardel en la confluencia de Corrientes y la flamante Diagonal Norte. Pero al final ahí se construyó el Obelisco.

El féretro arribó al puerto de Buenos Aires el 5 de febrero de 1936 -lo esperaban unas 40 mil personas- y fue llevado en carroza fúnebre al Luna Park. La capilla ardiente, en el centro del ring, duró 22 horas. El 6 el cortejo popular recorrió hasta Chacarita toda la calle Corrientes atravesando una marea humana. Las veredas, los balcones y las terrazas estaban desbordados. De todos lados caían flores.

Nadie podía imaginar que el siguiente gran sepelio sería el de Natalio Botana. El dueño de Crítica se mató en Jujuy en un absurdo accidente automovilístico el 5 de agosto de 1941 cuando su Rolls Royce se desbarrancó en un camino de montaña. Iban cinco, pero el único que sufrió heridas graves -dos días después lo llevarían a la muerte- fue Botana. El sepelio del hombre más poderoso de la prensa latinoamericana alcanzó en las calles de Buenos Aires una dimensión colosal. Primero fue velado en el edificio de Crítica, en avenida de Mayo al 1300 (donde hoy funciona una dependencia de la Policía Federal). Luego vino la procesión hasta Recoleta. Entre la muchedumbre popular se destacaban los canillitas, quienes hicieron la guardia de honor “mezclados con generales, doctores y cónsules”, dice Álvaro Abós en Ciudadano Botana.

Es bien sabido que las exequias de Eva Perón (1952) fueron las más concurridas y las más extensas de la historia argentina, “un espectáculo impresionante”, según las crónicas. Se estima que en los 16 días de duración el flujo ininterrumpido de personas sumó entre dos y tres millones. El velatorio se realizó desde el 27 de julio en el edificio de Perú 160 (hoy Legislatura porteña), que era el Ministerio de Trabajo, donde Evita tenía su despacho y donde Perón había iniciado su idilio con la clase obrera. El hall principal del segundo piso fue convertido en capilla. Al final el cuerpo fue llevado al Congreso, donde se organizó una nueva fila.

El dolor y la veneración popular, por cierto, eran genuinos. Y a la vez Perón implementó una serie de medidas celebratorias destinadas a garantizar que nadie quedase al margen. El luto era obligatorio. Las radios emitían música sacra. Todos los días a las ocho y veinticinco la radio conmemoraba la muerte de la “Jefa espiritual de la Nación”. Por las mañanas se leían pasajes de La razón de mi vida. Una ley le cambió al nombre a La Plata por “Eva Perón”.

Al féretro se lo colocó sobre una cureña militar, pero no fue arrastrado por vehículos ni caballos sino a pie por 38 obreros de la CGT y 10 mujeres del Partido Peronista Femenino.

Mientras pasaba el cortejo caían flores y pétalos. El traslado hasta la CGT llevó casi tres horas. El plan era que los restos descansaran allí -donde se completaron los trabajos de embalsamamiento- hasta que un imponente Monumento a los descamisados duplicara (donde hoy está la escultura metálica Floralis Genérica) la altura del Obelisco. Obra que casi no avanzó. En 1955, tras el golpe de estado, un comando militar secuestró el cadáver, el cual inició un derrotero macabro de veinte años.

En 1957 fue sacado del país con ayuda del Vaticano y enterrado con identidad falsa en el cementerio Maggiore de Milán. En 1971 fue exhumado y trasladado a Puerta de Hierro: el general Lanusse se lo devolvió a Perón como parte de una negociación política. Perón dejó el cadáver en Puerta de Hierro cuando el 20 de junio de 1973 vino en forma definitiva al país.

En 1974, dos semanas después de morir Perón, los Montoneros robaron de Recoleta el cadáver del general Pedro Aramburu, a quien ellos habían asesinado cuatro años antes, para exigirle a Isabel Perón la repatriación del cadáver de Evita. Entonces López Rega lo fue a buscar a Madrid y lo trajo rodeado de matones con ametralladoras. Fue depositado en una cripta en Olivos junto a los restos de Perón. En 1976 Videla expulsó de allí ambos cuerpos. Al de Evita lo envió a Recoleta, donde permanece hasta hoy.

El sepelio de Perón, quien murió con apenas un año más que el Indio Solari, duró tres días, no se impuso el luto obligartorio, pero igualmente paralizó el país. Se calcula que 135 mil personas entraron al Congreso para darle el ultimo adiós y que cerca de un millón se movilizaron. El suceso político habitualmente más mencionado es el discurso de Ricardo Balbín (“este viejo adversario despide a un amigo”), que en los hechos no se tradujo en un cambio histórico significativo ni sirvió para frenar en forma conjunta el golpe de estado de 1976.

Las historias de los grandes sepelios de este siglo, como los Raul Alfonsín (2009), Mercedes Sosa (2009), Néstor Kirchner (2010), Sandro (2010), Luis Alberto Spinetta (2012), Leonardo Favio (2012), Gustavo Cerati (2014), Fernando de la Rúa (2019, sin movilización popular), Diego Maradona (2020) y Carlos Menem (2021) quizás están más frescas en el recuerdo colectivo.

Kirchner y Maradona fueron velados en la Casa de Gobierno. Alfonsín, Mercedes Sosa, Sandro, Favio, De la Rúa y Menem, en el Congreso. Cerati, en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. El único de esta nómina que no tuvo capilla ardiente pública es Spinetta. El descontrol absoluto del velatorio de Maradona dejó una huella traumática, un temor a la repetición, que afortunadamente no se produjo.

Conclusión: ha sido prácticamente una norma que la despedida final de una figura pública involucrase a la política, lo cual en muchos casos supuso una utilización de la figura. Lo que distinguió el velatorio del Indio Solari fue que hubo decisión gubernamental provincial y no nacional, con intervención estatal pero sin la solemnidad de un espacio público institucional. El tiempo dirá si la ocasión -que como mínimo interrumpió la falta de comunicación que había en la interna peronista- tendrá o no secuelas prácticas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/en-los-grandes-velorios-siempre-hay-politica-nid10062026/

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