Cuando Borges visitaba Hurlingham
Se han cumplido 40 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges, pero los argentinos siempre le damos tema para revolverse en su tumba ginebrina. Pues él, que admiraba la cultura británica y que ...
Se han cumplido 40 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges, pero los argentinos siempre le damos tema para revolverse en su tumba ginebrina. Pues él, que admiraba la cultura británica y que había visitado varias veces el centenario club Hurlingham para disertar sobre literatura inglesa, tendría ahora motivos de desazón. Un ex concejal vecinalista propone cambiar el nombre del Municipio de Hurlingham, debido a su “origen británico”. Se trata de Marcelo Suárez Nelson, quien presentó un anteproyecto para rebautizarlo “Partido de la Reconquista”. Con seguridad, rechaza cualquier insinuación de parentesco con el almirante Horatio Nelson, el héroe de Trafalgar.
Si bien es un tema “municipal”, merece unas líneas pues se repiten consignas que persisten en el ideario populista a pesar de haber sido causa de nuestros reiterados fracasos. La batalla cultural consiste en explicar una y mil veces que dos más dos son cuatro, que la ley de gravedad sigue vigente y que Tales de Mileto e Isaac Newton tenían razón. Existen muchos argumentos para refutar al ex regidor, pero hay uno superior a todos: es necesario poner fin a los cambios de nombres, a demoler, a alterar contratos, a emitir moneda y a corroer nuestro capital social. Los países que progresan son confiables, serios, honran su pasado, respetan sus compromisos y construyen reputación. Mantienen los nombres de sus ciudades, calles y avenidas pues son un legado de padres a hijos, además de ser práctico para quienes desean referirse a ellas al escribir o a voz viva, sin delegar todo a la inteligencia artificial.
Durante el peronismo se cambiaron designaciones de calles, avenidas, hospitales y escuelas para machacar los de Juan Domingo Perón y Eva Perón. Hasta los antiguos territorios del Chaco y La Pampa llevaron sus nombres y la ciudad de La Plata también. Todavía Perón es Cangallo, la Avenida Eva Perón es la Avenida del Trabajo (y subsisten otras tres más con su nombre). Para no quedarse atrás, el radicalismo también puso sus fichas y la Avenida Pavón se llamó Hipolito Yrigoyen; Crisólogo Larralde, la que fuera Republiquetas; la Avenida del Tejar es Ricardo Balbín y un tramo de Charcas, es Marcelo T. de Alvear. Con la Guerra de las Malvinas, la Plaza Britania -Torre de los Ingleses- pasó a llamarse Fuerza Aérea Argentina y se reemplazó el nombre de la calle Canning -promotor de nuestra independencia - por el de su más enconado enemigo, Raúl Scalabrini Ortiz, ideólogo de la dependencia. En 1984 alguien cortó una mano de la magnífica estatua que Alberto Lagos hizo del gran estadista inglés, como forma de mutilar su recuerdo. Cuando falleció Néstor Kirchner, su nombre bautizó 170 lugares, empezando por la Avenida Julio A. Roca de Río Gallegos. Después fue el Centro Cultural Kirchner para luego inundarse el país con calles, rotondas, plazas, estadios, auditorios, hospitales, una comisaría, una cancha de hockey, un canódromo, un paso bajo nivel, una línea de colectivos y hasta una pileta climatizada.
Múltiples clubes de fútbol del ámbito metropolitano y del interior del país llevan nombres en inglés y “a mucha honra”
¿Los motivos del concejal? Que la ciudad toma el nombre del “Hurlingham Club”, una institución de origen británico fundada allí en 1889, “nombre que -según señaló- no significa absolutamente nada, no tiene ninguna traducción”. Olvida que la mayoría de las toponimias no significan nada en su origen, pero se consolidan con el uso hasta tener un significado propio, como Hurlingham. En la provincia de Buenos Aires, además de Hurlingham hay numerosas localidades con nombres “sin traducción” pero que sus vecinos reconocen con amor y sentido de pertenencia: Abbott, Banfield, Barker, Billinghurst, Brandsen, Canning (subsiste), City Bell, Claypole, Drysdale, Franklin, Glew, Henderson, Hudson, Budge, Ingeniero White, Lincoln, Munro, Open Door, Parish, Ranelagh, Temperley, Todd y William Morris. Y en Santa Fe, Armstrong, Coronel Arnold, Hughes, Murphy, Stephenson, Theobald y Wheelright.
Cuando se fundó el Club Hurlingham hace 127 años el lugar era un campo desolado, sin rutas ni calles. Solo se podía llegar a caballo desde Flores, pasando por Liniers y Ramos Mejía, siguiendo luego las vías del “tranvía rural” Lacroze. Al año siguiente se habilitó la estación del ferrocarril Pacifico con el nombre del club y, a su alrededor, creció la ciudad homónima. Hay una historia patria detrás de ese esfuerzo, porque nuestro país es aluvional y esos “ingleses” tuvieron una descendencia que canta el himno como los descendientes de españoles, italianos, polacos, paraguayos o bolivianos.
Los anglos introdujeron en la Argentina el fútbol, el rugby, el tenis, el golf, el hockey, el polo y las carreras de caballos, entre otros deportes. Y no se equivocaron, pues nos destacamos en todos. Múltiples clubes de fútbol del ámbito metropolitano y del interior del país llevan nombres en inglés y “a mucha honra”. Desde River Plate y Boca Juniors hasta Racing, Banfield, All Boys, Temperley y Newell’s Old Boys, entre otros.
La amalgama de razas y culturas forjó el verdadero ser nacional, una unión para el esfuerzo conjunto, no para odiar al extranjero
Excediendo su perfil vecinalista, Suárez Nelson agregó: “No olvidemos que los británicos explotaron nuestros recursos a fin de que la Argentina sea un país agro-exportador para llevarlos a Londres, utilizando el ferrocarril hacia los puertos con esos fines”. Debería recordar que nuestro país carecía de ferrocarriles y de caminos. Durante años fue recorrido por carretas tiradas por bueyes y solo a partir de 1857 comenzaron las inversiones extranjeras en el tendido de vías hasta alcanzar la increíble extensión de 47.000 kilómetros en 1948, frente a los 18.000 actuales. Esos trenes poblaron todo el territorio y extendieron la frontera agropecuaria. En 1910 la Argentina era uno de los países más ricos del mundo, atrayendo inmigrantes de todas las nacionalidades.
Para el autor del proyecto, el nombre Partido de la Reconquista representaría un homenaje a quienes combatieron en las Invasiones Inglesas y en la Guerra de las Malvinas, marcando una “identidad autóctona” símbolo de la “liberación del colonialismo”. El grupo Forja (Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz) dio “letra” pegadiza al primer peronismo con esa misma música. Pero en lugar de promover educación de calidad, previsibilidad jurídica e inserción en el mundo para mejorar las condiciones de vida, invocó “la Patria Grande” (Manuel Ugarte, 1922), para unir la pobreza de toda América Latina contra el mundo de habla inglesa. Con sus calificativos de “antipatrias” y “cipayos”, Jauretche identificó lo anglosajón como origen de todos los males y a la dependencia como estrategia de dominación, mientras Scalabrini Ortiz alegaba que los miles de kilómetros de vías férreas eran parte de un plan de apropiación y no de desarrollo.
Las nuevas generaciones deben saber que este era un país pobre, con población dispersa e iletrada, sin oro, ni plata, ni cultivos, ni infraestructura alguna. Fue transformada por ideas progresistas, no por un golpe de fortuna ni por un imperio colonial. Esa amalgama de razas y culturas forjó el verdadero ser nacional, una unión para el esfuerzo conjunto, no para odiar al extranjero. En lugar de leer el manual de zonceras de Jauretche o las denuncias de Scalabrini Ortiz, deben volver a Juan Bautista Alberdi, cuyas obras siguen vigentes. O repasar aquella “Oda por el Sesquicentenario” (1966) de Borges, donde afirma que “nadie es la patria” pues la configura un acto perpetuo de honrar los sacrificios de nuestros mayores sin odios ni rencores. Y cuyas líneas quizás leyó en la antigua sede del club Hurlingham evocando el esfuerzo de aquellos “ingleses” bien argentinos que lo construyeron en medio de la nada.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/cuando-borges-visitaba-hurlingham-nid20062026/