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Agrupamientos flexibles, una efectiva estrategia pedagógica

En el último tiempo se habla cada vez más de crisis escolar, de estudiantes desconectados y de una escuela que, para muchos chicos y chicas, ha dejado de ser un lugar de pertenencia. Los datos mu...

En el último tiempo se habla cada vez más de crisis escolar, de estudiantes desconectados y de una escuela que, para muchos chicos y chicas, ha dejado de ser un lugar de pertenencia. Los datos muestran que no se trata solo de una percepción.

Según un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), uno de cada dos estudiantes secundarios, acumula un mes de clases perdidas en Argentina. De igual manera, Argentinos por la Educación lo viene advirtiendo en sus relevamientos. La problemática se repite tanto en colegios públicos como privados y, entre las razones mencionadas por los propios estudiantes, el desinterés aparece como una de las principales claves: 4 de cada 10 alumnos dijeron faltar por no tener ganas de ir a la escuela.

Por supuesto, detrás del ausentismo existen múltiples causas: condiciones sociales y familiares, problemas de salud, dificultades de acceso, situaciones de violencia, responsabilidades de cuidado y obstáculos materiales. Sería injusto y simplificador atribuir todas las inasistencias a una falta de interés. Pero cuando una proporción tan significativa de estudiantes dice que no tiene ganas de ir, la pregunta por el vínculo con la escuela se vuelve inevitable.

¿Qué podemos hacer para que los chicos vuelvan a sentir que la escuela es un lugar donde quieren estar?

Cuando hablamos de innovación educativa, muchas veces pensamos inmediatamente en tecnología. Sin embargo, innovar no siempre significa sumar dispositivos, plataformas o inteligencia artificial. Mucho menos en un momento en el que también comenzamos a preguntarnos por los efectos del uso excesivo de las pantallas. Innovar puede ser algo más profundo, revisar cómo enseñamos, cómo aprenden los estudiantes y cómo organizamos la experiencia escolar.

Durante mucho tiempo, la escuela se estructuró sobre un principio de homogeneidad. Los estudiantes fueron agrupados principalmente por edad y se establecieron tiempos, recorridos y modos de aprender relativamente uniformes. Quien no lograba adaptarse al camino previsto debía hacer un esfuerzo individual para alcanzar el estándar. El problema es que en una misma aula conviven chicos y chicas con intereses, necesidades y tiempos muy diferentes.

Un estudiante puede tener un talento matemático extraordinario y, al mismo tiempo, necesitar acompañamiento para escribir un cuento. Otro puede requerir más tiempo para comprender determinado contenido y desenvolverse con enorme creatividad en una experiencia artística. Las capacidades no son etiquetas permanentes ni se manifiestan de la misma manera en todas las áreas. Sin embargo, cuando ofrecemos un único camino para todos, algunos estudiantes quedan rezagados y otros se aburren. En ambos casos, corremos el riesgo de que pierdan la curiosidad y se desconecten.

Los agrupamientos flexibles son una estrategia para empezar a transformar esa lógica. Consisten en reorganizar temporalmente a los estudiantes de acuerdo con distintos criterios. En algunos momentos, los grupos pueden ser pequeños; en otros, pueden reunir estudiantes de diferentes cursos o edades para escuchar una charla, desarrollar un proyecto solidario o participar de un club temático.

No se trata de clasificar a los chicos según supuestas capacidades fijas ni de separar permanentemente a quienes “pueden” de quienes “no pueden”. Precisamente, la flexibilidad implica que los grupos cambien, que cada estudiante pueda ocupar diferentes lugares y que las combinaciones respondan a los objetivos de cada experiencia.

Los agrupamientos flexibles también amplían los vínculos. En una sociedad en la que con frecuencia nos vinculamos solo con quienes se parecen a nosotros, la escuela tiene la responsabilidad de enseñar a convivir con la diferencia.

Este modo de organizar la escuela permite ofrecer distintos itinerarios para alcanzar objetivos comunes. La escuela puede definir determinados puntos de llegada, pero eso no significa que todos deban recorrer exactamente el mismo camino, al mismo ritmo y de la misma manera.

Frente a la desconexión escolar, no alcanza con exigir asistencia ni con contar las faltas. Necesitamos comprender por qué un estudiante deja de querer ir y preguntarnos qué experiencias le estamos ofreciendo cuando llega.

Lograr que los chicos estén en la escuela es indispensable. Conseguir que quieran estar, que sientan que allí hay algo que los desafía, los reconoce y los conecta con otros, es el verdadero desafío. Y también debería ser una de las formas más concretas de pensar la innovación educativa.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/agrupamientos-flexibles-una-efectiva-estrategia-pedagogica-nid26082026/

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